Con lágrimas de alegría
-y de pena, mezcladas-
te aclamamos,
porque vienes en nombre del Señor
para liberarnos y para dar la vida.
Tu entrada humilde, rey y Redentor nuestro,
inflama de admiración nuestros corazones
y provoca el homenaje de adornar tu camino
como si se tratara de un arco triunfal,
con colgaduras y palmas, enarbolando
ramas de laurel en las manos,
como signo anticipado de tu victoria
por tu inminente, durísimo, combate.
Los lloros acompañan a los gritos de alegría,
porque tú,-¿quién eres?- inquietas a Jerusalén.
Salimos a recibirte, Amor Omnipotente,
ahora montado sobre una cabalgadura,
pero con el vivo deseo de arrodillarte
a los pies de tus seguidores,
con la jofaina del agua,
y, con tu sangre, purificarlos de todo pecado.
|