Necesitábamos saber, Jesús,
cuál es la fuerza del Espíritu que te trae.
Necesitábamos saber, Señor,
de qué modo la divinidad habita en ti:
que tú, en tu propia carne, eres hijo de Dios.
Necesitábamos saber, Siervo doliente,
antes de verte clavado en la cruz,
antes de recoger llorosos tu cuerpo muerto,
que tú eres el arca santa de la vida,
el guardajoyas de la resurrección.
Nos lo has mostrado hoy
llamando a Lázaro nuevamente a la vida,
despertando a la vida a tu amigo,
como promesa para cuantos crean en ti,
amigos y amigas, Martas y Marías,
que, aunque mueran, vivirán;
resucitados, amanecerán en una Vida de sueño,
para no volver ya a dormir ni a morir jamás.
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