Compadécete, Jesús,
de nuestra oscuridad, de la ceguera del mundo.
Tú que pasas junto a nosotros,
tú, el Enviado del cielo que convives con nosotros,
que has venido para salvarnos.
Toca nuestros ojos con la mano,
mándanos lavarnos en tu santa fuente,
donde tú nos digas, y te obedeceremos.
Permítenos contemplarte a la luz de la fe,
abiertos por ti los ojos del alma;
ahora estamos gozosos por ver, por creer,
por contemplarte y sentirte.
Ahora podemos dar testimonio de ti,
con valentía,
para que todo el mundo,
todos cuantos lo deseen, crean.
Aunque al principio no nos comprendan,
aunque nos tomen por otros,
no tenemos excusa:
sabemos que vienes de Dios.
«¡Ahora veo! Gloria a Él, por siempre».
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