Tú, el Salvador del mundo,
sigues peregrinando por caminos y pueblos,
como un pobre pedigüeño,
que le pide a cada cual: «Dame agua».
«Dame agua», me dices,
pero mi corazón es una roca,
o está seco y ajado
por accidentes de la vida,
por mis errores y pecados.
No te lo puedo ocultar,
ante ti es inútil fingir o huir.
Me has hecho advertir que, en realidad,
soy yo quien muere de sed.
«Si conocieras el don de Dios….»
Por favor, dame de esta agua tuya.
Haz brotar en mi interior
la fuente que sacia y no se seca,
el frescor de tu Espíritu Santo,
que me da fuerzas para la vida eterna. |