Señor,
las manos vacías de tus discípulos
después de una noche de trabajo,
son también la estampa cabal
de nuestra propia situación.
Cuantas veces hemos decidido:
«Me voy a pescar», o bien
«Seguiré más fielmente al Señor».
Pero la pobreza de los resultados
frustra –demasiadas veces- nuestra ilusión.
Sabemos que estás siempre presente
en nuestro corazón y en nuestro entorno,
pero nos cuesta reconocerte
en el Pan partido, en la Palabra,
en cada hermano y en cada hermana,
nos cuesta reconocerte en el pobre.
Llénanos de tu amor,
para que como el discípulo amado
podamos reconocerte también nosotros,
y gritar alborozados: «¡Es el Señor!». |