Las cosas que nos dices, Señor,
se escuchan con agrado.
Hablas de amor, hablas de mandamientos,
y para ti es una misma cosa: amar a Dios,
amando a los demás.
Y tanto nos quieres que ruegas por nosotros.
Para que el Padre nos envíe
el mejor de los dones:
el Espíritu Santo,
que nos sirva de maestro i guía,
después de ti, cuando te hayas marchado;
el Espíritu de la verdad,
que tú nos has hecho capaces de recibir
y de acoger en nuestro interior, para siempre.
No quieres dejarnos abandonados,
no nos dejas huérfanos.
Y vuelves, también de este modo:
haciendo que vivamos de tu misma vida,
junto con el Padre y el Espíritu,
que nos dará a conocer plenamente quién eres,
y quiénes somos. |