Era domingo,
el primer día de Pascua.
Pero aquellos dos discípulos,
como a menudo nos ocurre a nosotros mismos,
no veían más allá, Señor,
no te podían reconocer, abatidos como estaban,
con los ojos empañados por las preocupaciones.
De nada sirvieron
el largo camino,
ni la conversación, todavía obsesiva,
ni la compañía de otro caminante,
ni el recuerdo de tus obras y tus palabras,
ni el relato de las mujeres del grupo,
ni siquiera las sagradas Escrituras,
ni ninguna otra cosa salvo volver a verte.
Ahora sabemos
lo que nos ayuda a reencontrarte,
y te pedimos saber i desear hacerlo:
la acogida, compartir la mesa,
y, sobre todo, partir el pan de la Eucaristía.
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