Señor,
demasiado a menudo pienso que soy bueno
y que te amo a ti y
a los otros
porque tengo buenas ideas y buenas palabras.
Tú me recuerdas que la bondad
y la riqueza interior de la persona
se
manifiestan en las obras.
Por eso, me exiges la autenticidad
en mi conducta de cada día
y también
en la relación con los otros.
Me es más fácil ver los defectos de los hermanos
y de mostrarme
exigente con ellos,
que osar mirar mis defectos,
porque no querría
sentirme obligado
a hacer un esfuerzo real y constante
para corregirlos
y ser mejor.
Ayúdame a ser juicioso y sincero
a la hora de valorar
mis actitudes y
las de los otros. |