En Caná, Señor,
a aquellos novios, les sacabas de un apuro;
a nosotros, nos abrías tu corazón
al decirnos que tu misión era
desposar a la humanidad.
Nos cuesta, Señor, todavía hoy,
asociar tu reino con una boda,
o pensar que tu reino es vino espléndido
que trae gozo y fiesta sin medida.
Hoy, echamos de menos tu vino.
Sabemos que Tú nos lo has traído… y bueno.
Nos has dicho con tu vida
-más que con tus palabras-
qué clase de vino se esconde en tu copa:
es el vino del amor y de la entrega,
el vino de la felicidad nueva y eterna.
Tú que apuraste el vino hasta la última gota,
ayúdanos hoy a nosotros a beber de tu copa. |