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orar con el evangelio
domingo vii del tiempo ordinario (b)
El querer suplantarte, Señor, es nuestro gran pecado

Señor, ante el sufrimiento ajeno
no podemos permanecer insensibles.
Nos sentimos impotentes muchas veces.
No sabemos cómo responder

a la parálisis que azota a nuestra sociedad.
En tus manos lo ponemos, Señor.
Inspíranos la respuesta adecuada.

 

En tiempos de abundancia
hemos llegado a creer que podíamos
dar solución a todos los problemas.
El querer suplantarte, Señor,
es nuestro gran pecado.
Ahora no sabemos por donde tirar.
Ayúdanos, Señor.

 

Señor, queremos vivir y actuar
comunicando aceptación y acogida.
Queremos aprender a quitar importancia
a los defectos de los otros
y a tener paciencia
dándoles tiempo para cambiar.

 

Señor, queremos alegrarnos
del bien de los demás.
Aunque piensen diferente.
Todos somos hermanos y el bien de unos
siempre repercute en el resto.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Todo nos puede llevar a Cristo, todo tiende hacia Él

El hombre y la mujer, criaturas muy amadas de Dios,

se encuentran siempre en camino hacia la casa del Padre.

Pararse en este camino es retroceder.
Por eso, la parálisis de que habla Marcos

representa el nivel más profundo de la enfermedad.

 

El paralítico en sentido espiritual

es aquel que ha perdido la propia identidad,
no logra moverse,

no vive en plenitud lo que Dios le ofrece.

 

La parálisis puede significar el pecado
y todo miedo que impide levantarse

y vivir como criaturas nuevas, resucitadas.

 

En este relato, el hombre enfermo
no posee un nombre propio:
su identidad es la parálisis
.

«Sostenido por cuatro hombres»:
son las cuatro personas que
llevan el paralítico.
El «cuatro» es el símbolo de los cuatro elementos,

es decir, el cosmos entero.

 

Todo nos puede llevar a Cristo,
todo tiende hacia Él
.

Cada uno de nosotros puede ser
uno de estos camilleros a lo largo de la semana
.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
Te preocupas de toda la persona

Jesús,

tu actitud con los enfermos

siempre fue de acogida incondicional;

les manifestabas el deseo

de ayudarlos a recobrar totalmente la salud

para que pudiesen ser capaces de integrarse

en una vida plenamente humana y normal.

 

Les liberabas físicamente y espiritualmente.

 

Sabías que las enfermedades morales

pueden ser más nocivas que las físicas,

porque pueden destruir a la persona.

 

Los profesionales del culto y de la Ley

te acusan de blasfemo

porque perdonas los pecados.

 

Para que comprendan que tienes derecho a ello,

curas la parálisis de ese enfermo.

Y le pides que tome su camilla

y vaya a pie hasta su casa.

 

Así podría llevar una vida humana,

liberado del mal del cuerpo y del espíritu.

 

Gracias por mostrarte tan humano y tan valiente.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret
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