Jesús,
cuanto más leo y medito el Evangelio,
más advierto su riqueza humana y sobrenatural.
He comprendido que para asimilarlo
he de imitar a tu madre, María,
que con un amor de madre y de creyente
guardaba en su corazón tus palabras y actitudes;
las meditaba y las convertía en oración.
Te agradezco
que nos hayas hablado con tanta claridad
del amor del Padre del cielo y de nuestra grandeza.
Pero no te has conformado con hablarnos;
también nos libras de las fuerzas del mal
y nos ayudas a vivir al ritmo del Espíritu de Amor.
Al igual que los de la sinagoga de Cafarnaún,
quedo maravillado de la riqueza y de la fuerza
que voy descubriendo en tu Evangelio.
Tus palabras y tu modo de actuar
iluminan y dan fuerza a mi vida. |