Sabemos que eres un maestro enviado por Dios,
rabino Jesús, Señor nuestro.
Quisiera escucharte plácidamente,
como Nicodemo, en diálogo nocturno.
¿De qué nos hablas, Señor,
sino de lo que conoces como nadie,
de las realidades celestiales que has contemplado:
de tu Padre y del Espíritu?
Del proyecto de los Tres, Dios mío,
de vuestro reino que nos salva y santifica.
Tú has sido enviado precisamente para eso.
No para condenar, sino para salvar.
Tú, el Hijo de Dios, que amas como a hermanos
a quienes creen el amor eterno que revelas
tanto del Padre como del Espíritu,
amor tripersonal del Dios único, vida perdurable.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era al principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén. |