Admirados, nosotros venimos a ti, Jesús,
para darte las gracias más efusivas.
Por embarazosas, difíciles, inescrutables,
que sean las preguntas que te dirigen,
tú siempre estás a la altura de responder
desde una sabiduría divina.
Gracias por habernos subrayado
que el mandamiento mayor
es tener presente a Dios,
amarlo por encima de todo,
por encima de falsificaciones y sucedáneos,
de nuestros intereses y montajes ruines.
Y gracias, sobre todo, por enseñarnos
que el mandamiento de amar a los demás
está tan ligado al primero
que no se pueden separar,
como la cara y la cruz de una moneda.
De oro de ley -el amor-, de un valor único,
el anverso lleva la efigie de Dios,
y si giras la medalla, encontrarás a los pobres.
De veras: todo se basa en esto. Tú mismo.
|