¡Cuánto nos cuesta hacernos una idea
de la amplitud y altura de miras
del Reino del Cielo,
del talante del Padre en sus dominios!
Suerte tenemos de ti, Jesús,
que lo conoces e intentas que lo descubramos.
Nuestro modo de pensar, de valorar,
¡qué alejado está de Dios!
Él no quiere que nadie quede fuera de juego,
ni el más pequeño, ni el menos afortunado.
No hace distinciones,
porque le sobra generosidad.
Su alegría es que
todos sus hijos,
hombres y mujeres, niños y ancianos,
pobres y ricos, fuertes y débiles,
experimenten el gozo de sentirse llamados,
de saberse útiles, como jóvenes,
trabajando por el placer y la honra de trabajar,
sin envidias,
por la sola paga de hacerlo en la viña de Dios.
|