Qué sería de nosotros, Señor,
si te hubieras quedado confinado en Palestina?
¿Qué sería de los del otro extremo
del mar Mediterráneo, o del mundo,
si te hubieras limitado a atender
a las ovejas perdidas del pueblo de Israel?
No seríamos tus discípulos, tus amigos;
te seríamos ajenos, como forasteros,
llevaríamos la condición de paganos, de extranjeros…
de gente que no conoce al Dios único,
el de la Historia sagrada,
ni al Padre de quien hablas con franqueza.
Pero tú te acercas a todos, cruzas fronteras;
y te dejas abordar, compasivo, por cualquiera,
incluso –en aquél entonces- por las mujeres,
por una mujer cananea, de Fenicia…
que con su gran fe atraviesa tu corazón;
implora humilde, te confiesa Señor,
y obtiene así, de Ti, que se cumpla lo que desea. |