Tu corazón, Jesús, rebosa de bondad;
de tu corazón nos llegan, incesantes,
como del mar de una fuente infinita,
las plácidas olas de tu paz.
Olas de amor, magnificente y real,
o el latido divinamente humild
de un Corazón salvífico.
Somos tan pobres
que comprendemos bien tu invitación
-«Venid a mi
todos los que estáis cansados y agobiados.»
Salid de allí donde os encontráis,
poneos del lado de Dios.
Escuchad atentos mi llamada y venid,
que el don que ofrezco de una vida bella y libre
es para todos cuantos lo deseen.
Queremos ser tus discípulos;
y, abandonando nuestras pesadas cargas,
descansar en la sabiduría de tus enseñanzas,
descansar en tu corazón suave, que sacía. |