Este nombre que te dio Juan Bautista
es tan extraño y tan rico, que no lo comprendemos plenamente.
Pero hay algo que sí vemos de inmediato:
que eres tú quien quitas el pecado del mundo;
quien, tomando sobre ti nuestros pecados,
has hecho que Dios los perdone y desaparezcan.
Cordero de Dios que nos amas,
sacrificado por amor de nosotros,
eres verdaderamente el Siervo de Dios
para la salvación del mundo.
No habrías podido servirnos mejor.
Gracias a ti,
Hijo de Dios, Siervo de Dios, Cordero de Dios,
nos sentimos y somos, efectivamente liberados.
Como cordero llevado al matadero, en silencio,
has realizado, al dar la vida, la obra más digna
de ser proclamada y predicada en todas partes.
El don que ofreces en Pascua, que nos renueva,
Es el bautismo en el Espíritu Santo. |