María, madre nuestra y hermana,
si ya eras «llena de gracia» cuando el ángel te saludó,
lo fuiste más aún cuando el ángel te dejó.
Llena de gracia,
sentiste la necesidad de hacer trabajar
lo que en ti se había realizado.
Llena de Dios –que es amor y donación-
sentiste la necesidad de darte para compartir
el don inmenso que habías recibido.
Nosotros recibiremos en esta eucaristía
el Pan de vida que tú misma amasaste.
Ruega por nosotros a tu Hijo amado,
para que, cuando salgamos de esta eucaristía,
vayamos decididos «a la montaña»
a poner en práctica el don recibido,
a hacer realidad en nuestra vida
el misterio de muerte y resurrección
-y por lo mismo de vida nueva- que celebramos. |