Jesús,
tú hiciste gran elogio de la viuda pobre
que con sus dos pequeñas monedas,
había dado todo cuanto tenía.
Jesús,
tú, hiciste elogio igual de las semillas
que plantadas en tierra buena
habían dado unas el treinta,
otras el sesenta y otras el ciento por uno.
Pero tú has recordado también
que la gloria del Padre
es que nosotros demos mucho fruto.
Quisiéramos comparecer ante ti, Señor,
con las manos colmadas de frutos
y con el corazón repleto de amor.
La realidad, sin embargo, no es ésa,
y los frutos que podemos presentar
no son nada en comparación
con el amor que tú nos has mostrado.
Llénanos de tu Espíritu y de sus frutos,
y seremos salvados. |