Una vez más Señor,
me invitas al desierto.
Tú que conoces mi corazón
sabes el miedo que me da el silencio,
sabes también el miedo que me da
encontrarme sin nada que me distraiga
y tenerme que encontrar … conmigo mismo.
Me da miedo el desierto, Señor,
Pero te pido, a pesar de todo,
que me conduzca a él tu Espíritu.
Y una vez en el desierto,
vacía mi corazón de cosas y ruidos,
y crea en él un espacio fecundo
de silencio y de libertad:
llénalo con tu Palabra
y sácalo con tu Pan. |