Nunca dejes de desconcertarnos, Señor.
Hace poco entrabas triunfal en Jerusalén
pero no montando un caballo guerrero
sino un humilde borrico, pacífico y servicial.
Hoy mueres en cruz, ajusticiado.
El camino que te ha llevado hasta el Gólgota
ha sido un camino cruel y despiadado,
y has sufrido la prueba de la desesperación.
Pero la has vencido confiando en el Padre,
y has hecho de tu cruz un trono glorioso.
Ábrenos la inteligencia y el corazón
para que nunca separemos cruz y resurrección.
Haznos ver que el camino del discípulo
nunca acaba en la pasión y la cruz,
por más que nunca la pueda esquivar.
Danos la fe de aquellos artistas anónimos
que sabían representarte clavado en cruz
pero ataviado con corona y vestiduras reales. |