Muchas veces, Señor,
hemos sentido envidia santa
de los discípulos que te acompañaban:
ellos escuchaban tus palabras,
hablaban contigo como a un amigo
se sentaban a la mesa a tu lado,
y –sobre todo, una vez resucitado-
te podían ver, escuchar y tocar.
Si sentimos envidia santa
ss porque hemos olvidado
que a partir de la resurrección
has cambiado tu forma de presencia
en medio de nosotros.
Ahora ya no estás codo con codo
en medio de discípulos privilegiados
como uno más de una lista de amigos,
ahora estás presente y te encontramos
en el corazón de todos y cada uno
de los hermanos y hermanas de hoy.
Cámbianos la mirada, Señor,
para que nuestro corazón y nuestra fe
aprendan a reconocer las pistas
que has dejado de tu nueva presencia:
el Pan partido y la Palabra,
el pobre y los hermanos… |