1. ¿Qué somos? La carta de san Juan nos ilumina sobre nuestro «ahora»: Dios nos reconoce como hijos suyos, y ¡¡¡lo somos!!! Es verdad que no siempre lo parece o no se ve demasiado claro. Pero esto no borra la verdad, más bien nos estimula a sacarle brillo a esta realidad limpiando nuestros ojos, nuestras manos, nuestra lengua, nuestro corazón para ser limpios como nuestro Padre celestial.
2. ¿Qué seremos? No los describe bellamente el Apocalipsis: Mirad ese inmenso gentío llegado de la gran tribulación: vestidos de blanco, lavados con la sangre del Cordero. Son muchos... 144.000 -doce mil de cada tribu de Israel- y después una inmensa multitud que nadie puede contar. Gente de toda nacionalidad, de todas las razas, y de todos los pueblos y lenguas. Fijémonos bien: seguro que veremos entre ellos personas conocidas y muy queridas: el abuelo o la abuela, el padre o la madre, hijos y hijas, parientes y amigos. Vivían sedientos de Dios y ahora beben de generosas fuentes de agua viva. Celebran una preciosa liturgia, cantan y gritan y tocan las palmas en señal de victoria...
Son una invitación a dar cada vez más vida a nuestra celebración de la Eucaristía, a hacerla con tanta alegría y con una actitud tan activa, que nos deje la sensación de que hemos disfrutado de un rato de cielo... Qué bueno si transmitiéramos esta sensación de gozo a nuestros hermanos cristianos.
3. Pero ¿no estará demasiado arriba el cielo? Mirad, cuando Jesús sube a la montaña, encuentra enfermos de toda clase y afectados se achaques diversos. Muchos le presentaban a los que no se podían valer. Al ver tanta gente, -al vernos ahora a nosotros a su entorno- Jesús proclama dichosos a los pobres, a los que lloran, a los que pasan hambre y sed, a los perseguidos porque el «cielo» es para ellos. ¡Alerta aquí! Si el cielo es para ellos ¿es que no tienen lugar en la tierra? ¡Cuidado! Con qué ligereza seríamos capaces de trastocar todo el mensaje de Jesús sencillamente por no darnos cuenta que cuando Jesús dice «el cielo» lo hace para no pronunciar el nombre de Dios. Sus contemporáneos respetaban tanto el santo Nombre de Dios que evitaban pronunciarlo.
Pues bien, Jesús proclama dichosos a los pobres porque Dios está de parte de ellos... para sacarlos de su pobreza, para enjugarles las lágrimas, por hacerles sentir su ternura. Pero no lo hace directamente. Lo hace -y aquí tenemos que tocar el cielo que contemplábamos en la primera lectura- suscitando una gran multitud de personas de corazón limpio y grande, tierno y bondadoso, que ponen todo lo que saben, tienen y pueden al servicio de quienes no pueden ni tienen ni saben... Como estos son tantos hermanos y hermanas nuestras que en su casa, en la calle o en la escuela, en las oficinas o en su trabajo... en Cáritas o en otras organizaciones ayudan a los hijos, a los hermanos, a los abuelos, a los extranjeros, a los necesitados.
Las bienaventuranzas son una palabra de esperanza para los que sufren pobreza, hambre o sed o incomprensión, y una palabra de aliento y un acicate para que todos hagamos llegar a nuestros hermanos el amor, la bondad y la ternura de nuestro Padre.
Ya veis: somos hijos de Dios. Nos espera un cielo lleno de felicidad y de gozo. Y además, el camino del cielo pasa por donde pasamos nosotros cuando somos pobres o estamos enfermos y cuando nos ponemos a hacer más llevadera la vida de los demás. El camino del cielo pasa por dónde pasamos nosotros si, como Jesús, pasamos por el mundo haciendo el bien. |