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comentario a las lecturas de la misa
inmaculada concepción
Seamos como María fieles al Señor y
seamos portadores de luz y de vida

Estamos en el paraíso. Dios ya ha creado al hombre y a la mujer a su imagen, en armonía con Él y con la creación. Y los ha puesto en un jardín donde por las tardes bochornosas del verano salía a pasear a la sombra de los árboles y conversaba con Adán y Eva. ¡Qué felicidad! Pero Adán y Eva no tenían bastante con ello. No tenían bastante con conocer a Dios como a un Padre y como un amigo. Pensaron que algo les escondía. Y se fiaron de alguien que les silbó al oído que Dios no les decía la verdad. Que serían más sabios y más felices si... Y se lo creyeron.

-Adam ¿dónde estás? Eva, ¿qué ha pasado? Mirad, ya tenéis lo que queríais. Y ahora ¿qué? Una vez rota la armonía primera, será difícil recomponerla. Pondré enemistad... Y Dios da a Adán y Eva una lucecita de esperanza. Al final la Mujer y su hijo aplastarán la cabeza de la serpiente mentirosa y homicida.

Sin embargo, Dios mantuvo el sueño que tuvo cuando creó al hombre y a la mujer. Y lo mantiene: El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales, nos eligió en él antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables a sus ojos. Por amor nos predestinó a ser hijos suyos por Jesucristo.

Esto vale para todos, también para nosotros. Dios mantiene vivo y operativo su sueño. Destinados a ser hijos en el Hijo amado, santos e irreprochables como él.

Esto que parece imposible, Dios lo ha realizado en una muchacha de pueblo, de un pueblo tan pequeño que ni en el mapa figuraba. Y los pocos que lo conocían, tenían una idea muy curiosa: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Y he aquí que de un estanque de aguas quietas y nada limpias, brotó un lirio maravilloso. No una supermujer ni una supersabia ni una superguapa, ni super rica. Sino simplemente una mujer. Dios se propuso y lo logró hacer en una mujer -de nuestra misma pasta- una obra perfecta.      

La llamamos la Inmaculada, sin defecto, con una perfección dinámica, que en cada etapa de su vida dio siempre la talla humana sin rebasarla ni encogerla: una mujer que no habiendo sucumbido al pecado, fuera digna madre del Hijo de Dios hecho hombre cuando llegara el tiempo. Dios la fue preparando para esta misión desde el primer momento que fue concebida en las entrañas de santa Ana. Es la fiesta de la Purísima Concepción. Salió de las manos de Dios como Dios nos había soñado y nos sueña a nosotros. Es modelo y estímulo para nosotros.

Hoy lo celebramos. El evangelio nos pone dos rasgos característicos de María, la muchacha de Nazaret: llena-de-gracia y sierva del Señor. Unos rasgos que están también a nuestro alcance. Sí, tenemos a nuestro alcance lo que hace grande a María. Dios se complace plenamente en ella -la llena de gracia- y en su pequeñez -soy la esclava del Señor- se pone sencillamente a su servicio. Que se haga en mí como Él quiera. María, la hija tan querida de Dios nos dice que también nosotros somos hijos muy queridos de Dios y llegaremos a la perfección -santos e irreprochables- en la medida que sirvamos a Dios en los hermanos. Y podremos recomponer la armonía que Adán y Eva rompieron si actuamos como María, llena de gracia y hermana nuestra. "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo ha desatado por la fe. Comparándola con Eva, llamamos a María "Madre de los vivientes“ y afirmamos: "la muerte vino por Eva, por María la vida".

Seamos como María fieles al Señor y seamos portadores de luz y de vida.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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