La fiesta de hoy nos pone ante los ojos la realización del sueño de Dios cuando pensó en el hombre en el momento de la creación: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. San Pablo desborda de gozo al proclamarlo: Bendito sea Dios: Él nos ha bendecido otorgándonos en Cristo todo tipo de dones espirituales en el cielo. Antes de crear el mundo, ya nos había escogido en Cristo para que fuéramos santos e irreprochables ante Él. Porque nos amaba, decidió hacernos hijos suyos en Jesucristo. Así de desbordante es su amor gratuito.
Este proyecto se retrasó cuando el hombre -Adán y Eva, ¡nosotros!- buscaron la propia realización fuera de ellos mismos, dando oídos al camino fácil, queriendo ser sabios sin estudiar, queriendo ser alguna cosa sin el necesario esfuerzo. Es la tragedia que marca nuestra historia, que alcanza su punto dramático cuando Dios se arrepiente de haber creado al hombre.
Dios deja pasar siglos y siglos y se propone empezar desde el principio la nueva humanidad sacándola del mismo barro con que creó a Adán y Eva, una humanidad centrada en Cristo, el nuevo Adán. En Jesús y por Jesús, seríamos hijos de Dios.
Este destino grandioso tiene un inicio más pequeño que el grano de mostaza. Pensando en una madre para su Hijo, Dios la prepara haciéndola santa e inmaculada, desde el primer momento de ser concebida en el vientre de santa Ana. Por una providencia muy especial, María será la llena de gracia, en quien el pecado no tendrá cabida en ningún momento. Ahora bien, esto que Dios otorga a María, lo tiene destinado para todos nosotros: ser santos e irreprochables ante sus ojos.
Dios no quiere una mujer hecha y derecha: físicamente una belleza total; intelectualmente, sabia y doctora universal; socialmente, rica e influyente; moralmente íntegra y abierta a hacer el bien. ¿Qué mujer -o qué hombre- podría ser así? En cambio, Dios busca en María a la nueva criatura en quien todo el mundo -mujer y hombre- se pueda mirar, un ideal que todos podamos alcanzar: una niña, una mujer, una vecina de buen corazón, abierta a Dios, abierta al pueblo, sensible a los gozos y a los sufrimientos de los hombres, concebida y formada en un pueblo tan pequeño que no figuraba en ninguna geografía del tiempo. Lo que hace grande a María y a la persona es el corazón. Y todos tenemos corazón.
Alégrate, llena de gracia. Soy la sirvienta del Señor. La madre del Señor. ¡La creyente!
Hoy el arcángel que anunció a María, nos dice al oído a cada uno de nosotros: piensa quién eres. Antes de que el mundo fuera... Dios pensaba en ti y te amó. Ahora también te ama. Y te dice que eres agraciado a sus ojos, que Él está contigo y en ti.
Lo que hace grande a María es su apertura a Dios, su capacidad de escuchar y su respuesta generosa y decidida en cada momento de la vida: escuchó la Palabra de Dios y la cumplió. Y esto está a nuestro alcance.
Mira, si Dios encuentra en ti una actitud tan abierta y sencilla, humilde y generosa como la de María, el Espíritu Santo hará en ti lo mismo que hizo en ella. El que escucha la palabra de Dios y la cumple, éste me es hermano, hermana y madre. |