En este domingo, en que conmemoramos a nuestros difuntos, recordamos espacialmente a Jesús en la cruz: seguimos con emoción su agonía, oímos estremecidos su oración: Dios mío, Dios mío, por qué me has dejado así, tan solo?
Al silencio de Dios, los soldados responden dándole a beber lo que ellos bebían pero sin amor, burlándose.
Nos fijamos en el momento y en la forma de expirar: un gran grito.
Y cuando expira, la cortina del santuario se rasga de arriba abajo. Y el centurión exclama: ¡Verdaderamente este hombre era hijo de Dios!
En el calvario, hay tres cruces, tres actitudes ante la muerte: un ladrón que maldice su mala estrella. El otro que ve en ella la gran oportunidad de dar un sentido pleno a su vida: Acuérdate de mí cuando entres en tu reino. Y Jesús que se entrega filialmente en manos del Padre. Y esta ofrenda hace fecunda su vida y su muerte: Aquella cortina del templo que sólo podía trasponer el sumo sacerdote una sola vez al año, se rasga cuando Jesús expira. Y con Jesús todos tenemos acceso directo al Padre, porque somos hijos en el Hijo.
El centurión, aunque tarde, se entera de quien tiene delante: el Hijo de Dios. ¿Por qué tantas veces hemos de esperar a que se mueran nuestros seres queridos para reconocer cuánto valían, cuánto nos querían, qué buenos eran?
Pero la muerte no tiene la última palabra: a las mujeres que van al sepulcro a llorar –como tantos y tantos van estos días al cementerio- el Ángel les dice: Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado. ¡Ha resucitado! no está aquí: mirad el lugar donde lo habían depositado. Ea, pues: id a decir a sus discípulos y a Pedro, que os precede a Galilea. Allí le veréis, como os lo tenía dicho.
Cementerio significa dormitorio: los difuntos duermen esperando la resurrección. Por una especie de instinto, pensamos que el día que muramos, no estaremos suficientemente preparados para presentarnos ante Dios y ver su rostro: De una forma u otra, nuestra pupila, hecha a la oscuridad, se ha de adaptar a aquella luz fulgurante. A esto lo llamamos purgatorio. Y creemos que con nuestra oración, que brota del amor agradecido, les ayudamos a completar esta preparación.
Me gusta repetir hoy la gran plegaria que hacía nuestro gran poeta Joan Maragall:
I quan vinga aquella hora de temença
en què s'acluquin aquests ulls humans,
obriu-me'n Senyor, uns altres de més grans
per contemplar la vostra faç immensa.
Sia'm la mort una major naixença!
La «resurrección de la carne» significa que el estado definitivo de la persona no será únicamente el alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos mortales un día recobrarán vida.
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