Hoy pensamos en los difuntos. ¿No parece raro que hoy todos, creyentes y no creyentes, agnósticos y ateos, van al cementerio y piensan en sus muertos? Ponen y adornan las tumbas y vierten muchas lágrimas. A menudo en los funerales y en las esquelas vemos y oímos expresiones como: Dondequiera que estés... Nunca te olvidaremos. Me llama la atención el interés, tan legítimo por otra parte, de dar una sepultura digna a quienes fueron enterrados en una fosa común o simplemente indigna. Y la gente queda muy tranquila porque finalmente «descansan». ¿Por qué todo esto?
Para un creyente la respuesta es clara. Creemos en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Sabemos que no todo termina con la muerte. La muerte es un nacimiento mayor. Por eso decía Maragall:
Y cuando llegue la hora
en que se cierren estos mis ojos humanos,
ábreme tú, Señor, otros mayores para contemplar tu faz inmensa.
¡Nacimiento mayor sea mi muerte!
Homenajeamos con el recuerdo y agradecimiento a unas personas muy queridas y que han recorrido ya su camino y ahora duermen el sueño de la paz. Las recordamos y amamos. Y creemos que viven con una forma nueva de vivir. Porque el cementerio para los creyentes no es un tanatorio, donde no cabe la esperanza, sino un dormitorio donde los que duermen serán desvelados el día de la resurrección. Entonces, como decía Job, Yo mismo lo contemplaré, lo verán mis ojos, y no los de otro. Estaremos siempre con el Señor, decía San Pablo. Dios es Dios de vivos, no de muertos. Porque para él todos viven. Jesús dijo a Marta trastornada por la muerte de su hermano Lázaro: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y todo el que vive creyendo en mí, no morirá jamás.
Es un buen día para reafirmar nuestra fe y sostener nuestra esperanza. Esperamos una nueva vida plena y sin fin, para la que nos preparemos en esta vida nuestra. Cada cosa que hacemos tiene una resonancia eterna. Por esto vale tanto nuestro tiempo. Por esto, escribía san Pablo a los Corintios, no nos desalentamos. Por el contrario, si es verdad que nos vamos deshaciendo por fuera, por dentro, en cambio, nos renuevan día a día. En efecto, nuestros sufrimientos, ligeros y efímeros, nos reportan un peso eterno de gloria, incomparablemente más allá de toda medida. Es que nuestro objetivo no es el mundo visible, sino el invisible. Porque el mundo visible dura poco. El invisible es eterno. Vale la pena poder ver más allá de lo que vemos con nuestros ojos. Con los ojos de la fe traspasamos la frontera del aquí y ahora.
Para Dios no hay ninguna persona anónima. Nuestro Padre celestial nos conoce con nuestro nombre y apellido. Nos ama tal como somos y quiere siempre nuestro bien.
¿Y el purgatorio? ¿Por qué oramos por los difuntos? Todos tenemos la sensación de que, si nos tenemos que presentar ante Dios, debemos hacerlo en condiciones. El purgatorio consiste en calibrar esta profunda diferencia entre la santidad y grandeza de Dios y nuestra pequeñez. Sólo Dios puede y quiere salvar esta distancia. Y como el amor no pasa nunca y traspasa todas las fronteras, ponemos con la oración nuestro amor a disposición de Dios como expresión de nuestra fe y de nuestra esperanza en su misericordia paterna a favor de nuestros difuntos.
Muchos que no creen en el purgatorio creen en la reencarnación. Cuando la vida no ha sido tan correcta como debería, habrá que vivir otras vidas encarnados en algún animal o en otra persona... hasta que purificado del todo alcanza la plenitud. Nuestra fe es más sencilla: Cuando vivimos, vivimos para el Señor y cuando morimos, morimos para el Señor. En vida y en muerte somos del Señor. Porque Dios es Dios de vivos, no de muertos. Y Él nos espera y nos acoge con todo su amor. |