“Mirarán al que han traspasado”. Sí, no nos cansemos de mirar a Jesús clavado en la cruz. Al expirar, nos entrega su Espíritu. Y a la luz de este Espíritu Santo, examinemos qué significan el agua y la sangre que manan del costado abierto de Jesús. Es el agua del bautismo y el vino de la Eucaristía. De estos dos sacramentos hemos nacido nosotros, ha nacido la iglesia.
Así como del costado de Adán dormido en el paraíso, Dios formó a Eva, en el Calvario, del costado abierto de Cristo nace la Iglesia… ¡Ya veis lo importantes que somos! Formamos parte de la Iglesia que ha nacido del Corazón de Cristo. Hemos de amar mucho a Jesús y hemos de amar también mucho a la Iglesia.
Jesús nos lo ha dado todo: la Eucaristía, también el gran mandamiento y la posibilidad de cumplirlo. Y hoy, como último regalo, nos da por madre a su misma Madre. Acojámosla con el mismo amor con que la acogió el Discípulo amado, san Juan.
Repitamos la exhortación de san Pablo:
Hermanos, mantengamos firme la fe que profesamos, puesto que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos el gran sacerdote que ha entrado ante Dios. Él es el gran sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades, porque él las ha experimentado todas. Jesús durante su vida mortal, se dirigió a Dios, que lo podía salvar de la muerte, suplicándole con grandes clamores y lágrimas. A pesar de que era el Hijo, aprendió en los sufrimientos qué es obedecer. Y ahora es fuente de salvación eterna para todos quienes crean.
Para terminar, escuchemos lo que escribió un filósofo de finales del siglo XIX. En alguna reunión de hombres y mujeres de notable cultura cristiana, les pregunté de qué teólogo podía ser. Nadie lo acertó. Da lo mismo. El texto vale la pena:
Este mensajero de la buena nueva murió como había vivido, según había enseñado, no para rescatar a los hombres sino para mostrar cómo hay que vivir. Es la práctica lo que deja en herencia a la humanidad: su comportamiento ante los jueces, ante los esbirros, ante los acusadores y ante todo tipo de calumnias y escarnios, y su comportamiento en la cruz. No se resiste, no defiende su derecho, no da paso alguno para rechazar el mal gravísimo que le amenaza; más aún, lo provoca... Y suplica y sufre y ama por quienes le hacen mal. Las palabras al ladrón en la cruz compendian todo el Evangelio. ¡Este ha sido realmente un hombre divino, un hijo de Dios!, dice el ladrón. Y el redentor le responde: Si así lo sientes, estás ya en el paraíso, eres tú también un hijo de Dios. No defenderse, no irritarse, no buscar responsables... Y ni siquiera resistir al malvado, sino amarle.
Nadie diría que estas palabras son de Nietsche. No es raro que confundiera al centurión, que proclamó que Jesús era verdaderamente Hijo de Dios, con el ladrón que compartía la cruz. Pero el mensaje mantiene todo su valor. No sólo no resistir al malvado, sino amarlo.
Con esta actitud y con esta esperanza, continuemos nuestra celebración mientras esperamos serenamente, en la oración y en el silencio, el gozo de la Resurrección. |