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comentario a las lecturas de la misa
jueves santo
Lavándoles los pies les da la muestra suprema de su amor

San Pablo nos explica la institución de la Eucaristía. Es el primer testimonio escrito de este regalo maravilloso que Jesús nos hizo aquel primer jueves santo. La Eucaristía era el centro de la Comunidad cristiana, que participaba en ella activamente, aunque no todos los asistentes participaban del mismo modo. Y San Pablo lo lamentaba profundamente. Algunos no habían entendido el gesto de Jesús entregándose a nosotros en el pan y el vino de la santa cena.

San Juan no explica la institución de la Eucaristía. Ya habló bastante de ella en el capítulo VI de su evangelio. Hoy nos hace medir su alcance y nos explica su sentido. Lavando los pies a sus discípulos, Jesús expresa simbólicamente lo que fue lo esencial en la vida y Pasión del Señor: el amor que asume el servicio más humilde para salvarnos.

Ser cristiano, ser discípulo de Jesús es centrar nuestra aspiración a ser el primero y el más importante en ponernos al servicio de todos. Jesús es el Siervo de Dios que no ha venido a ser servido sino a servir y a entregar la vida por nosotros. Es una lección que los apóstoles no acababan de entender y practicar a pesar de que se la había explicado del derecho y del revés. Lavándoles los pies les da la muestra suprema de su amor. Les da este ejemplo tan emotivo y tan elocuente.

Tampoco ahora acabamos de entender, este gesto de Jesús. ¿Recuerdan la espléndida fiesta de la dedicación de la Sagrada Familia? A media celebración, un grupo de religiosas se presentan decididas y dichosas a enjugar el aceite del altar y del suelo. ¿Recuerdan los comentarios? Que si las mujeres, que si los hombres... Y sin embargo, aquellas buenas religiosas reproducían ante aquella multitud de personas mitradas o vestidas de cura, el ejemplo de Jesús lavando los pies. Esta escena fue la más, para no decir la única, acción verdaderamente cristiana de aquella espléndida celebración. Y eran unas mujeres –cómo serán mujeres las que llevarán primero el testigo de la Resurrección- quienes llevarán este mensaje a la Iglesia de hoy. Siervos, no amos.

Y con un gran amor. Un amor servicial. Sí, hermanos, tenéis una vocación de libertad, con una condición: no convertís la libertad como un punto de arranque para una vida cerrada en el egoísmo. Al contrario, llevados por el amor, poneos los unos al servicio de los otros.

Es con este espíritu como nosotros, los presbíteros, que celebramos hoy la institución del sacerdocio cristiano, tenemos que servir a la comunidad cristiana en la necesidad que tiene de Dios. Ayúdennos a amar, a vivir y a prestar en nuestras comunidades este servicio, como Jesús. Y pidámosle que desvele nuevas vocaciones de personas dispuestas a continuar prestando este servicio a nuestro pueblo.

Y entre todos hagamos nuestro el mandamiento de Jesús: Un mandamiento nuevo os doy: amaos mutuamente. Tal como yo os he estimado, amaos también los unos a los otros. En esto conocerá el mundo que sois discípulos míos: si os tenéis amor entre vosotros.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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