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comentario a las lecturas de la misa
jueves santo
Amaos como Yo os he amado

Hoy nos impresiona el amor de Jesús. Consciente de todo aquello que era, de dónde venía y a dónde iba, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los estima hasta el extremo. Y ¡qué extremo!

San Pablo nos explica un aspecto de este amor, cuando nos transmite la institución de la Eucaristía. En una cena pascual Jesús se entrega a sí mismo por nosotros y nos deja el memorial de su presencia en medio de nosotros.

Y además instituye en la Iglesia los «mecanismos» de esta conmemoración estableciendo el sacerdocio, la dedicación de unos hombres sacados del pueblo al servicio del pueblo en la necesitad que tienen de la Eucaristía... Sine dominico non possumus, que decían los mártires de Abitine, al norte de África, el 12 de febrero del año 304: no podemos vivir sin celebrar el día del Señor.

Y Jesús, con la Eucaristía nos da el mandato del Amor. Amaos como yo os he amado. Y por si acaso, nos dice como se expresa este amor: lavando los pies, prestando con amor el servicio más humilde asumido generosamente en bien de los hermanos. Hagamos lo que hagamos, hagámoslo siempre con el mismo amor con que Jesús lava los pies de los apóstoles: la autoridad no consiste en tener currículums despampanantes, sin ser capaz de despojarnos de las capas de ego que nos esclavizan por hacernos siervos de los demás desde cualquier lugar o situación en que nos encontremos.

El amor de Jesús y del cristiano debe tener los rasgos que san Pablo expresa en el himno del amor:

El amor es sufrido, el amor es servicial, excluye la envidia; el amor no es presumido, no se hincha de orgullo, no es grosero ni egoísta, no se descontrola, olvida el mal y lo perdona, no está de acuerdo con la injusticia, su gozo es la verdad. Sabe excusarlo todo, se abre siempre a la confianza, no pierde nunca la esperanza, es capaz de aguantarlo todo.

Pensemos que siempre que amamos a los hermanos según esta norma paulina y según el ejemplo de Jesús lavando los pies, hacemos el memorial del Señor, convertimos nuestra vida en una Eucaristía perenne. Porque la misa empieza justamente cuando acaba. Podéis ir en paz llevando paz y alegría a donde quiera que vayáis. Si lo hacéis con espíritu de amor y de servicio, hacéis de vuestra vida un culto perenne a Dios. Es este el único culto que de verdad Dios espera de nosotros.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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