El Jueves Santo conmemora la institución de la Eucaristía y del sacerdocio cristiano. Sería bueno que hoy nos mostrásemos agradecidos a estos dos regalos de Jesús. Y que recemos especialmente por los sacerdotes que dentro de sus limitaciones humanas, pero con una generosidad impagable –de días meses y años- nos sirven el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. Pidamos al Señor que suscite en las comunidades cristianas nuevas vocaciones que continúen esta presencia de Jesús en la Eucaristía y en los demás sacramentos.
El Jueves Santo celebra un tercer aspecto, que viene a ser el principio y el término de la Eucaristía y del sacerdocio: el mandamiento del amor. Amaos como yo os he amado. Un amor que se manifiesta en el servicio de lavar los pies a sus discípulos... El lavatorio de los pies expresa de maravilla lo que fue lo esencial de la vida y de la Pasión de Jesús, el amor que asume el servicio más humilde para salvarnos. Esta manera de vivir funda para los discípulos la capacidad y el deber de imitar al Señor.
Jesús es el Maestro y es el Señor... el amo judío no podía exigir a un esclavo israelita que le lavase los pies... Y ahora el Maestro y el Señor los lava a sus siervos...
Pedro tiembla de miedo pensando en las consecuencias que comporta el gesto de Jesús. Por esto se niega a aceptarlo: ¿Tú... a mí??? Si la ley del nuevo reino es ésta, no vale la pena ser el primero o aspirar a gobernar... Ahora no lo entiende. Lo entenderá más adelante: también él vivirá, como Jesús, su vida como un servicio en favor de la comunidad cristiana. El que aspire a ser el primero entre vosotros, hágase el servidor de todos.
Jesús nos da la gran lección: asumir con amor el servicio más humilde. Esto es todo. Siempre que lo hacemos en la vida de cada día hacemos el memorial del Señor y hacemos de nuestra vida una misa perenne. La misa empieza en el preciso momento que termina... |