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comentario a las lecturas de la misa
domingo iv de cuaresma (c)
¡Cómo cambiaría el mundo!

Solemos hablar de la parábola del hijo pródigo. En realidad es la parábola de la prodigalidad del Padre Dios que ama a sus hijos sin medida no porque sean pequeños o grandes, buenos o malos, egoístas así o asá, sino porque son hijos. A partir de aquí, el Padre corrige el hermano menor significándole que no le hacía falta irse de casa para buscar libertad y felicidad. Lo tenía todo en casa. Ahora se ha dado cuenta.

Y advierte al hermano mayor que está bien que haga lo que el padre quiere, pero que ha de hacerlo como un hijo, con amor, y con la suficiente libertad como para pedirle un cabrito para hacer una fiesta con los amigos... El pobre tiene un alma de esclavo. Hace tantos años que te sirvo... Sí, pero en el fondo no amas ni a tu padre ni a tu hermano. Creía que era el bueno de la familia, resulta que iba tan descaminado como el alocado de su hermano menor.

Jesús dirige la parábola a los fariseos y a los maestros de la Ley, escandalizados porque «este hombre acoge a los pecadores y come con ellos». Muy bien, les dice Jesús, no solamente no los espero bien recostado en un sofá, sino que salgo a buscarlos con el afán del pastor que busca la oveja descarriada o como la buena mujer que barre y barre la casa hasta que recupera la moneda que había perdido...

Para superar las barreras entre buenos y malos, Jesús, el Mesías e Hijo de Dios, se solidarizó con nosotros hasta las últimas consecuencias. Por fidelidad a los pobres y a los marginados, a los pecadores y a las prostitutas, a las viudas pobres y a la chiquillería insoportable, se hizo incómodo a los sabios y los poderosos y los santos que lo marginaron de la manera peor que en su tiempo se podía marginar: con la muerte de cruz. Y con esto reconcilió la humanidad pecadora con el amor misericordioso del Padre.

El evangelio quiere crear en todos los hombres -sí en todos y especialmente en los que nos llamamos creyentes- una gente nueva, capaz de darse cuenta de que Dios ha empezado el mundo nuevo donde todos podemos aprender a mirar a las personas, sean del color, de la raza, de la cultura, de la religión o del partido político que sean, con los ojos del Padre Dios y amarlas con el corazón de Dios. Jesús nos lo enseña con su ejemplo. ¡Si lo hiciésemos así, cómo cambiaría este mundo nuestro!

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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