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comentario a las lecturas de la misa
domingo iii de cuaresma (c)
¿No lo sabíais, Señor? Siento la voz de mi pueblo oprimido

¿No lo sabes, Señor? En Haití, en Chile, en Italia, en Cantabria: muertos y desaparecidos y desgracias... ¿Qué pecado ha cometido esta gente?

Me esperaba esta pregunta y hace siglos que ya di mi respuesta. Si eran pecadores o no, no es cosa tuya. Probablemente que no lo eran más que tú... Lo que te digo es que te conviertas. Ante todo, no te pongas a hacer de juez. Segundo, la desgracia de tanta gente es una lección para ti. Vendrá un día que morirás como muere todo el mundo. Prepara desde ahora el momento de tu encuentro con Dios. Que no tenga que decirte: ¿qué haces en este huerto, higuera infructuosa? Llevo no sé cuanto tiempo buscando tus frutos y sólo encuentro hojarasca. ¡Cuidado! La paciencia de Dios es infinita... mucha mayor que tu pereza mental o tu mediocridad espiritual.

Pero como nos recuerda san Pablo, de nada nos servirá el bautismo, la confirmación, la eucaristía y la penitencia y la santa unción si respondemos a los dones de Dios con la misma inconsciencia de nuestros padres, que quedaron tendidos en el desierto fuera de la tierra prometida.

Pero los hechos que encabezan el evangelio de hoy tienen otra lectura si los leemos desde la perspectiva del diálogo entre Dios y Moisés. Nos ayuda a comprender el sentido de la llamada y de la paciencia de Dios. A menudo deploramos los males: que el mundo va mal, que la familia, que las leyes laicas del Estado, que si los obispos, que si los curas, que si la rutina de nuestras comunidades.

Yo me imagino a Moisés, exiliado en Madian pero satisfecho en la montaña del Horeb. Él había dado la cara por sus hermanos y hubo de escaparse, por piernas, de Egipto para salvar la vida. Ahora vive tranquilo... Es verdad que sus hermanos gimen bajo los latigazos de los capataces... ¡Qué le vamos a hacer!, qué haremos... Esos egipcios... esos israelitas tan pobres e insensatos... No tienen remedio. Pero he aquí que aquel día desde la zarza incandescente oye una voz desconocida: «Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob». «Conozco los sufrimientos de mi pueblo... Bajaré, pues, a liberarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir de aquel país hacia un país que mana leche y miel».

- Tienes razón, Señor. Ya lo decía yo... Y menos mal que te has dado cuenta y que decides a ponerle remedio.

- Sí, Moisés, sí. Lo he visto todo y se me remueven las entrañas. Ahora pues yo te envío al Faraón; ve y saca de Egipto a los israelitas, mi pueblo.

- ¿Yo? Y quien me hará caso... Si no sé hablar, si soy tartamudo... No me entenderán. - Excusas. Yo soy quien te envía. Yo estoy contigo. Te convencerás cuando hayas convertido esta pandilla de esclavos en un pueblo libre, capaz de pactar conmigo una alianza.     

Conclusión: cuando vemos una desgracia no echemos la culpa al clero o al gobierno. Veamos en ella una llamada de Dios a poner de nuestra parte lo que podamos para remediarla. Ante la crisis actual, hay una gran multitud de cristianos, que nadie conoce, que dedica tiempo y trabajo a ayudar a los sin trabajo, a los enfermos, a los sin papeles. Quizás no se dan ni cuenta. Pero hacen presente el amor de Dios hacia su pueblo como lo hizo Moisés, como lo hacía Jesús.

Todo un programa de cuaresma.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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