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comentario a las lecturas de la misa
domingo ii de cuaresma (c)

Cuando hacemos una excursión a pie es bueno, pararse de vez en cuando en una cumbre y mirar desde allí el trecho recorrido, disfrutar de un rato de descanso y divisar el camino que nos queda por andar. Esto hace Jesús hoy y nos invita a hacerlo nosotros como él.

Jesús ora: pasa una buena parte de la noche conversando con el Padre. Lo necesita. Acaba de preguntar a los discípulos qué dicen de él. ¡El Mesías!?, ha dicho Pedro. Y Jesús lo ha ratificado, pero también lo ha rectificado explicando de qué clase de Mesías se trata: Será rechazado. No será un Mesías triunfante. El triunfo final debe pasar por la subida a Jerusalén y en la cruz del Calvario. Y augura la misma suerte a sus discípulos. Las condiciones de seguimiento son claras. En el fondo, ninguno de ellos no se quiere comprometer si no ve antes su gloria.

Mientras Jesús oraba, su rostro resplandecía y su vestido se volvió blanco y centelleante. Entonces Moisés y Elías, gloriosos también y resplandecientes, se pusieron a conversar con él sobre el éxodo que debía cumplirse en Jerusalén. Con Moisés y Elías -la Ley y los Profetas- y a su luz, Jesús mira atrás para comprender el alcance de su éxodo personal: una salida de este mundo, liberadora en un sentido más pleno y más liberador que el paso de la esclavitud de Israel de Egipto hacia la libertad de la tierra prometida. El pasado de Israel le ilumina su futuro. Le queda un camino largo que recorrerá filialmente como Isaac hasta subir a la Montaña del Calvario que lo llevará por la resurrección hasta Dios.

Cuando Pedro, Santiago y Juan se despertaron, vieron la gloria de Jesús y los dos hombres que estaban con él. Antes de que se alejaran, Pedro exclamó: «Maestro, que bien estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía qué decía... Pero es tan humana su reacción! Hay momentos en la vida que los querríamos eternos... ¡Ojalá que nos encontráramos tan bien en esta Eucaristía que nos supiera mal tenernos que ir! Pero no, la vida es camino y no nos podemos parar en ninguna parte indefinidamente.

Les sorprendió de pronto la nube que los cubrió a ellos y a Jesús. La nube es signo de la presencia misteriosa de Dios. Y se sobrecogieron de temor: intuían que debían compartir la misma suerte que Jesús. Pero a la vez la voz del Padre los confortó: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadlo». Escuchadlo cuando hable de cosas agradables y felices y también cuando hable de cruz como un camino de libertad.

Jesús siempre es Hijo, el amado. Si le escuchamos, compartiremos su filiación divina... que sentimos tan clara cuando rezamos conscientemente el Padre nuestro... Ya no necesitamos a Moisés ni a Elías. Tenemos bastante con Jesús solo. No tengamos miedo en continuar nuestro camino con una compañía tan excelente.

* * * * *

Nuestra patria es Dios, de quien esperamos ansiosamente, como salvador, al Señor Jesucristo. Él transfigurará este nuestro cuerpo tan pobre y humilde, y lo conformará a su cuerpo glorioso. Ea, pues, hermanos míos queridos, alegría y corona mía, manteneos así, bien firmes en el Señor.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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