Jesús acaba de recibir el bautismo de Juan donde ha oído la voz del Padre y el soplo del Espíritu: Eres mi Hijo, muy amado... Se siente llamado a un cambio de vida: de buen carpintero de Nazaret a predicador de la Buena Nueva de Dios.
Como necesita digerir esta nueva realidad y prepararse para esta misión como Hijo muy amado, se va al desierto: a solas, sin comer ni beber. Silencio y paz para escuchar y dar la respuesta adecuada. Solo y debilitado, Jesús sufre el embate del diablo: Si eres hijo de Dios... Ni no lo es, no hay que preocuparse. Pero si lo es, el diablo lo quiere poner al servicio de sus intereses. Le conviene que Jesús no sea como el Padre quiere sino como la gente esperaba... Como uno de tantos: un sacerdote, un profeta, un político, un funcionario, uno padre/madre de familia que se sirva del poder o de la autoridad que tiene en provecho propio; después de todo, la caridad bien entendida empieza por uno mismo...
Al diablo le interesa que Jesús cumpla su misión aliándose con los poderes de este mundo para una mayor eficacia, vendiéndose el alma, si es preciso, por un palmo más de poder o por una sombra de influencia. Que haga de su vida un espectáculo como sería tirándose del templo abajo. Al diablo le interesa que el Hijo de Dios sea mediocre y vulgar: que viva contento y engañado, creyendo ser el rey del mambo cuando es una burbuja inconsistente.
Pero Jesús armado con la palabra de Dios rumiada en el silencio, en la oración y en el ayuno, responde a cada propuesta del diablo con una referencia a Dios. Y sale airoso de la prueba. Será Hijo de Dios como Dios quiere que lo sea: siguiendo su camino como un hombre cualquiera, sin salir nunca del surco de la humanidad, pero sembrando la semilla de la Palabra que, enterrada bajo tierra y muriendo, germinará y fructificará. De momento podrá decepcionar a mucha gente, que esperaría de Jesús lo que gusta, no precisamente lo que de verdad necesita. Jesús enseñará al hombre a ser hombre. Le dará a entender que la filiación divina se desarrolla y se muestra en una vida plenamente humana, sin chanchullos ni atajos.
Empezamos la cuaresma. Acabamos de ver la cuaresma de Jesús. Empezamos también nuestra cuaresma como cristianos. El diablo está muy interesado en que pasemos por cristianos sin serlo. Si eres cristiano y quieres influir en el mundo... ¡ea! haz como todo el mundo. Aprovéchate de la situación en beneficio propio y de la familia. Si hace falta, véndete el alma por un palmo de poder o de influencia, haz prodigios que todo el mundo vea y admire...
El diablo tiene mucho interés en que seamos cristianos no convencidos sino mediocres. Cristianos que en vez de dar luz den humo, que dejen de ser sal para no incomodar, que dejen de ser ciudades de refugio comportándose como erizos puntiagudos... Esta sería la gran victoria de Satanás en nuestro desierto.
Si eres cristiano, mira a Jesús. Ora como Jesús. Ten en el corazón y en los labios la Palabra de Dios oportuna y eficaz, rumiada y digerida en la oración. Marca distancia ante el consumismo con la capacidad de ayuno, de dominio de los instintos, del afán de aparentar. Supera el afán de tener y de poseer con la limosna generosa de tu tiempo y de lo que eres en favor de los demás.
Con unos cuántos cristianos así nuestro mundo cambiará y celebraremos gozosos la pascua. Gracias a Dios hay muchos cristianos así. No hacen ruido, pero su silencio vale más que diez mil palabras. Y Dios que ve lo que es secreto, te sonreirá complacido y te dirá como a Jesús: Eres hijo mío, muy amado. Estoy muy contento de ti.
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Tienes la palabra muy cerca de ti; la tienes en los labios y en el corazón. Esta «palabra» es la fe que proclamamos: si con los «labios» reconoces que Jesús es el Señor y crees de «corazón» que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, serás salvado, porque la fe que nos hace justos la llevamos en el corazón, y la profesión de fe que nos lleva a la salvación la tenemos en los labios. |