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comentario a las lecturas de la misa
domingo de ramos (b)
Jesús es hombre con todas las limitaciones y con todas las consecuencias

Seguro que nos habrá salido el alma de niño acompañando al Señor con Hosannas en los labios y ramo de olivo o de laurel en las manos. Ahora nos vamos a centrar en el núcleo de la semana santa, admirablemente expuesto en el himno que san Pablo escribe en la carta a los cristianos de Filipos: Cristo obediente y exaltado. Obedecer para Jesús consiste en ser hombre y sólo hombre, sin ningún privilegio que lo ponga por encima o por abajo de los otros mortales.

Adán aspiró a ser como Dios, saliendo de su condición humana. En cambio Jesús no se agarró a su igualdad con Dios, sino que adoptó la actitud del siervo de quien habla el profeta Isaías: Cada mañana me espabilaba el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás.

Jesús es hombre con todas las limitaciones y con todas las consecuencias. Abraza plenamente su condición humana que comporta entrar en el juego y en el choque de las libertades, sin tratar nunca de zafarse de ello. Este juego y este choque le llevan hasta la muerte... y la muerte más dolorosa e infame, propia de un esclavo: la cruz. Imposible descender más abajo.

Esto comporta la agonía terrible de Getsemaní, las burlas de los soldados, de la gente, de las autoridades. Es condenado a una muerte absolutamente injusta. Y ser clavado en la cruz como un bandido entre dos bandidos. Abandonado de todos los suyos. Hasta el Padre parece que le ha dado la espalda. Impresionante el grito: Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?
Pensemos que el crucificado era un maldito de Dios... porque es maldito de Dios el que muere colgado de un árbol, leemos en el Deuteronomio.

Pero el Padre no le ha abandonado, no. Lo ha exaltado al más alto honor y le ha dado el nombre más excelente de todos los nombres, el Nombre inefable: ante él caen de rodillas todos los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra reconociendo que Jesús –el carpintero de Nazaret, el Cristo, el Ungido de Dios- es el SEÑOR. No se puede decir nada ni más grande ni más glorioso.

Durante estos días de semana santa aprendamos de Jesús que nuestra grandeza como hombres y mujeres consiste en la plena fidelidad a nuestra condición humana: ser lo que somos como seres creados a imagen y semejanza de Dios. Tal vez pasaremos ante la gente como fracasados. Pero en todo momento, el Padre nos dará el nombre más precioso que nos puede dar: hijo de Dios que se puede dirigir siempre a Él como a un Padre.

El himno de la carta a los cristianos de Filipos nos resume el sentido de la semana santa: se abre con el gozo del domingo de ramos, continúa con el gran Amor de jueves santo, alcanza el mayor grado de dolor en el viernes santo y culmina con la fiesta mayor de todas las fiestas: el Domingo de Resurrección.

P. Jaume Sidera, cmf
 
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