Unos griegos –no judíos pero simpatizantes con el judaísmo- quieren ver a Jesús. Habían oído hablar tanto de Él... Como no se atreven a presentarse directamente, se sirven de los buenos oficios de los dos discípulos, Felipe y Andrés, que llevan precisamente nombre griego... ¿Cómo los recibió Jesús? El evangelio no nos lo dice, pero insinúa que todavía no había llegado el momento. Y no había llegado porque Jesús tenía muy clara su misión, que inicialmente comprendía a los hijos dispersos de Israel... En esto el episodio se parece al de la mujer cananea.
Su misión universal empezará cuando haya roto las barreras del tiempo y del espacio y por ende pueda estar presente a todo tiempo y a todo espacio. Llega la HORA en que el Hijo del hombre será plenamente reconocido y amado como Hijo de Dios.
Pero esta Hora tiene un primer momento: la cruz. Jesús la vivirá con el temor y la esperanza del grano de trigo que para germinar y dar fruto tiene que ser enterrado bajo tierra y morir... Y se entregará totalmente sin reservarse ni una brizna de vida para sí. Y esta ley es válida para cualquiera que quiera seguirle. El camino es el mismo y el premio igual: el Padre le honrará como honra al Hijo. Lo único que vale es la entrega de la propia persona.
Pero esta perspectiva de gloria no ahoga ni disimula la angustia de la pasión. San Juan adelanta a este momento la agonía que los sinópticos ponen en Getsemaní. Ha de entablar un combate a muerte contra el príncipe de este mundo, el mal instalado en estructuras y personas, del que saldrá victorioso por muy alto que sea su precio. Nos lo describe a maravilla el fragmento de la carta a los Hebreos que acabamos de leer: Cristo, mientras vivía en este mundo, con voz fuerte y muchas lágrimas oró y suplicó a Dios, que tenía poder para librarle de la muerte; y por su obediencia, Dios le escuchó. Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, por lo que sufrió aprendió a obedecer; y al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen.
Los gritos y las lágrimas son legítimos, pero no libran de la ley universal de morir. No libraron de la muerte, pero le dieron fuerza para enfrentarse con elegancia al sufrimiento y a la muerte, para convertir en don de sí mismo lo que es necesidad y aun fatalidad. La Cruz nos da una perspectiva nueva de la cruz y de la muerte. Nos conviene recordarlo.
Esta obediencia de Jesús y nuestra sólo es posible porque lleva bien escritas en su corazón las cláusulas de la nueva alianza, hecha de amor y de respuesta filial al Amor del Padre.
A partir de este momento, Jesús, elevado a la cruz y a la gloria atrae a todo el mundo hacia Él. Como nos atrae hoy a nosotros en vísperas de la semana santa. Nuestra vida es también como la de Jesús. |