¡Qué maravilla este domingo de cuaresma! El evangelio de hoy es de veras lo que significa: buena noticia. Estamos salvados por un regalo de Dios. El Padre nos ha resucitado con y en Cristo; y con Cristo también nos ha sentado cerca de sí en el cielo. En Jesús la humanidad –hombres y mujeres- hemos alcanzado la salvación. De parte de Dios es cosa hecha.
El Padre nos ama tan entrañablemente, que nos ha envidado a su Hijo Unigénito, el Amado, para que no se pierda ni uno de los que creen en Él, sino que posean la vida eterna. No lo ha enviado para condenar el mundo –este mundo, esta humanidad nuestra-, sino para que este mundo nuestro, esta humanidad nuestra, alcance por Él la plena salvación, la plena realización.
Jesús evoca el episodio de la serpiente elevada por Moisés en el desierto. La llamaban Nehustán y Ezequías años más tarde la hizo pedazos porque se había convertido en un símbolo idolátrico instalado en el templo de Jerusalén. Pero en el libro de los Números, la serpiente aparece como un símbolo enarbolado y con capacidad curadora para los que la miraban con fe. Era un instrumento del amor misericordioso de Dios que, si bien azotaba a los israelitas murmuradores, también les ponía al alcance este remedio salvador.
De este símbolo, Jesús ve en este hecho su elevación a la cruz y a la gloria, y la eficacia salvadora de la fe. «Mirarán al que traspasaron», dice san Juan contemplando a Jesús levantado en el árbol de la cruz.
El misterio de la cruz rompe todos los esquemas mentales –es un tropiezo para los judíos y una estupidez para los griegos-. Por esto exige una total conversión del corazón para poderlo captar, hay que nacer de nuevo del agua y del Espíritu Santo. Le costó a Nicodemo entrar en este misterio. Pero luego fue capaz de dar la cara por Jesús ante el Sanedrín y para ofrecerse a darle una digna sepultura. Aceptar o no aceptar este Cristo elevado a la cruz y exaltado a la gloria: ésta es la cuestión. El que cree en Él no es condenado. En cambio, el que no cree, ya tiene la sentencia, porque no ha querido creer en el Hijo único de Dios. Dios no nos juzga ni nos condena. Para esto estamos nosotros: si aceptamos el Amor salvador del Padre entramos en el ámbito de la salvación, si nos cerramos a él nos metemos en la senda de la condenación.
La luz ha venido al mundo y la gente ha preferido las tinieblas a la luz: naturalmente, tenían las manos sucias. El que no juega limpio, detesta la luz y la evita, para que no se descubra su juego sucio. Pero el que actúa como debe –de acuerdo con la verdad- se acerca a la luz, para que se vea que sus obras responden a la voluntad de Dios.
No hace falta añadir nada más.Leamos y releamos estas palabras, meditémoslas en nuestro corazón y dejemos que la luz de Jesús convierta en luz nuestras tinieblas. Cuando denunciamos las zonas oscuras de nuestra vida, la luz de Cristo las pone en su auténtica perspectiva. Y todo lo que se pone en su auténtica perspectiva, es luz. Por esto cantamos: Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos. Y Cristo te iluminará.
Jesús fue levantado en la cruz para salvarnos, para subirnos con Él hasta la vida de Dios. Somos obra suya. Estamos salvados! |