Mucha gente disfruta leyendo este evangelio y viendo a Jesús con su látigo de cuerdas echando del templo a vendedores y compradores. Han convertido la casa del Padre en casa de mercado... ¿A quién se le ocurre? Y sueñan en seguida en lo que haría Jesús si viniese a esta iglesia o a la Iglesia... Porque si tú tuvieses una escoba, las cosas que barrerías... Y probablemente acertarías, porque hay mucho que barrer... Pero no sé si Jesús sería tan contundente como tú... Después de todo, barres la casa ajena, no la tuya... En cambio Jesús velaba por la Casa del Padre.
Este es un aspecto tan solo del evangelio de hoy. Si te quedas con el látigo, te aseguro que te quedas en la epidermis del evangelio.
Jesús hace un gesto importante y comprometido: apasionado como está porque el Padre sea conocido, amado y adorado, el corazón se le derrite al ver que la Casa del Padre, el Lugar santo de su presencia, sea un obstáculo para llegar hasta Él. Por esto interviene con tanta energía, con la energía propia de un profeta enamorado de la gloria de Dios.
Pero su gesto es arriesgado. Se juega la vida. Y ¡tanto que se la juega! Será la acusación definitiva para condenarlo a muerte... Sólo entonces los discípulos comprendieron el alcance de la palabra del salmo: El entusiasmo por tu casa acabará consumiéndome... acabará conmigo.
Hace falta una señal que acredite la autoridad de Jesús... Una señal que no tardará en llegar: dará la propia vida por aquello en que cree. Una señal que anuncia además la inauguración de un nuevo santuario que substituirá el templo antiguo: los creyentes ya no se reunirán en un espacio físico, sino en torno a una persona viva y presente: Jesús resucitado. Y es Él precisamente el que hoy nos congrega. A su alrededor nos reunimos nosotros. Nada ni nadie puede borrar o amortiguar su presencia.
Más adelante Jesús dirá que la Comunidad cristiana y cada cristiano es una morada donde se despliega el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu santo que habitan en ella. Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos…
Tú que querías pasar la escoba por la casa ajena, ¿cómo mantienes la tuya? ¿Se encontrarán a gusto en ti y en tu casa Huéspedes divinos?
Muchos creyeron en Jesús al ver los signos que hacía. Pero Jesús no se los creía ni se podía confiar a ellos. ¡Conoce tan bien el interior de las personas! Y ésta es tal vez una buena lección que podríamos aprender en este domingo de Cuaresma. Digo que creo en Jesús. Y creo que lo digo sinceramente. Pero Jesús que ve mi corazón, ¿se me confía? ¿Qué espera de mí? |