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comentario a las lecturas de la misa
domingo ii de cuaresma (b)
Transfiguración del Señor

Pedro no acababa de entender eso de la cruz... ¡No! ¡Qué ocurrencias! Jesús se lo quitó de en medio como al diablo en el desierto. Al constatarlo, Jesús dice a sus discípulos una palabra decepcionante: Os aseguro que algunos de los presentes no serán capaces de entregar su vida si no ven antes bien establecido el reino de Dios... Normalmente este texto se entiende como la promesa de que antes de morir algunos verían la grandeza del Hijo del hombre en la próxima Transfiguración. Antes de cargar con la cruz querían tener las cosas más claras.

Jesús se lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan a un monte muy alto, desde donde contemplar el camino recorrido desde el bautismo en el Jordán hasta ahora, y lo que les queda por andar. De pronto Jesús se vuelve luminoso y fulgurante, acompañado de dos personajes: Elías y Moisés. Elías evoca a los profetas que de lejos describieron a Jesús como el siervo obediente y doliente. Moisés representa todo el Pentateuco. Precisamente hoy nos presenta la figura de Abrahán dispuesto a sacrificar a Isaac tu hijo único, que tanto amas...   

Pedro está encantado con aquellos personajes y con gusto pasaría toda la vida escuchando su conversación. No le importaría pasar las noches al raso mientras ellos estuviesen bien resguardados cada uno en su tienda, con tal que él no tuviera que moverse de donde estaban.

Pero la nube, signo de la presencia y de la trascendencia de Dios, los envuelve en su sombra. I la voz del Padre resuena como resonó el día del Jordán: Este es mi hijo, el amado, escuchadlo.

¡Mi hijo amado! Amado como lo era Isaac por Abrahán. Jesús, como hijo amado que es, será obediente al Padre hasta la muerte y una muerte de cruz. San Pablo lo expresa de un modo estremecedor: Hermanos, si tenemos a Dios de nuestra parte, ¿quién se nos opondrá? Él que entregó por nosotros a su Hijo, ¿cómo no nos dará todo juntamente con su Hijo?

Escuchadlo. Moisés y Elías, cumplida su misión, se retiran. Los tres discípulos se quedan con Jesús, solo. Él es el Maestro a quien deben escuchar. Los demás –Biblia, maestros, Juan Bautista, catequistas...- nos llevan hasta Jesús. Una vez lo hemos encontrado y hemos entrado en su escuela, los otros maestros se retiran humildemente, con el gozo del deber cumplido.

Con Jesús bajamos del Tabor y nos disponemos a recorrer intensamente el camino hasta la Pascua.

Al bajar, Jesús impone silencio a sus amigos hasta que haya resucitado... Pero ¿no habíamos quedado que antes de la resurrección vendría Elías? -¿Ah, sí?, les dice Jesús. Pues decid a los maestros de la Ley que tal afirman, que Elías ha venido ya y han hecho de él lo que han querido... Hablaba de Juan y hablaba de sí mismo.

Con Jesús ha llegado la resurrección. Hay que andar por la vida con los ojos y con el corazón muy abiertos para captar a Jesús disfrazado de pobre, de marginado, de pecador, de profeta que a veces incordia... Por esto Jesús siempre pedía conversión, que significa entre otras cosas, aprender a discernir los signos de los tiempos en cada paso del camino.

P. Jaume Sidera, cmf
 
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