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comentario a las lecturas de la misa
domingo i de cuaresma (b)
Con Jesús en el desierto

Hoy contemplamos a Jesús en el desierto como Adán en el Paraíso: en armonía perfecta con la creación. En el Paraíso Adán conversaba con Dios mientras se paseaba con él al aire fresco de la tarde... hasta que se dejó engañar por la serpiente que rompió la armonía entre Dios, la naturaleza y el hombre que provocó el diluvio. Pero Dios rehizo la armonía con Noé y sus descendientes con una alianza. Y como garantía colgó de las nubes el arco iris, signo multicolor de la paz.

Esto es lo que Marcos nos insinúa hoy con la sobriedad encantadora de su relato. Jesús acaba de vivir la experiencia inefable del bautismo. El Padre le proclama hijo suyo tiernamente amado y el Espíritu le inunda con su plenitud. Sintiéndose llamado a una misión nueva y absorbente, Jesús siente la necesidad de asimilar esta novedad. El Espíritu lo empuja a un ambiente solitario y tranquilo donde nada ni nadie se interponga entre el Padre y Él. Allí discernirá el qué y el cómo de su misión que resumirá en pocas palabras: Convertíos y creed en la buena nueva. Y se dispone a proclamarlo en el preciso momento en que la fidelidad a su misión lleva a Juan a la cárcel y luego a la muerte. ¡Es una premonición!

Marcos no habla de ayuno. Tampoco describe las tentaciones. Sólo nos dice que mientras Jesús medita y formula su programa de acción, siente de cerca las insinuaciones de Satanás que parece dispuesto a ponerse de su parte como amable protector en las diversas tentaciones que Jesús sufrirá a lo largo de su vida. Unas tentaciones que a veces vendrán de parte de amigos bien intencionados, como Pedro cuando intente quitarle de su cabeza la idea de la cruz. Otras de parte de sus enemigos declarados que le exigirán que demuestre que es Hijo de Dios bajando de la cruz...        

Están también los ángeles que le servían: expresan simbólicamente la providencia del Padre a lo largo de su vida, no para liberarlo de los malos trances sino para ayudarlo a superarlos como el ángel de Getsemaní, pues él mandará que sus ángeles te cuiden por dondequiera que vayas.

Acabada la travesía del desierto, Jesús se pone a proclamar: Convertíos porque Dios se dispone a intervenir en nuestra historia no con intervenciones maravillosas y espectaculares sino en el modo de actuar, hablar y vivir de Jesús. Y esto exige una conversión, un cambio de mentalidad, acostumbrarse a mirar las cosas, las personas y los acontecimientos con los ojos de Dios y no según nuestras expectativas.

Jesús nos recuerda que como Adán, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y que nuestra grandeza consiste y se manifiesta en la medida en que somos más hombres, más humanos. Para esto el Verbo se hizo carne: Jesús nunca se saldrá de sus coordenadas humanas: muestra que es Hijo de Dios llevando a sus últimas consecuencias su condición de Hijo del Hombre. Nos enseña a ser lo que somos.

La cuaresma nos invita a que acompañemos a Jesús en el desierto orando a la luz de la Palabra para aprender a desmontar las trampas del maligno y a discernir el aleteo de los ángeles que se disfracen en las personas y en los acontecimientos de nuestra vida cristiana.

P. Jaume Sidera, cmf
 
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