Mientras estoy en el mundo, Yo soy la luz del mundo. Caminemos a su luz mientras lo tenemos entre nosotros.
En el ciego de nacimiento y en su iluminación, san Juan nos presenta el itinerario hacia la Luz que es Cristo. Un itinerario que parte de una experiencia personal que se va concretando a cada paso hasta el encuentro personal que culmina en un acto de fe que se expresa en la adoración: Creo, Señor!
Ante la pregunta ingenua de los discípulos sobre quién tiene la culpa de que el muchacho naciese ciego, Jesús responde: cada situación de sufrimiento o carencia de cualquier persona, es una invitación a patentizar la acción de Dios a favor del hombre. No vale parapetarse en discusiones para no tener que comprometerse. Durante generaciones, pasábamos ante un ciego y a lo sumo le dábamos una limosna. Hasta que un tal Louis Braille, aprovechando la sensibilidad táctil del ciego, inventó la manera de escribir y de leer para los ciegos. Otro, inventó la ONCE. Se sintieron llamados a hacer las obras de Dios en favor de los necesitados.
Ya tenemos al ciego que ha recuperado la vista «bautizándose» en la piscina de Siloé. Por esto los cristianos denominaban el bautismo «iluminación». Ante las preguntas de la gente, el exciego responde que un hombre llamado Jesús ha hecho barro, le ha untado el ojos: «Ve a Siloé y lávate». No sabe dónde está, pero sabe que es un buen hombre. Y así lo explica a quien lo quiera oír.
Los fariseos, sintiéndolo mucho, le dicen de Jesús que de buen hombre nada. Ha hecho algo que no se puede hacer en sábado. Es pues un pecador. El exciego replica que sólo un profeta, una persona muy próxima a Dios, puede hacer una cosa parecida.
Los padres afirman que el chico es hijo suyo y que nació ciego. No saben ni quieren saber nada más. Ya es mayorcito. Que responda por él.
Cuando los sabios fariseos, que todo lo saben, afirman que Jesús es un pecador, el exciego responde que él no entiende de teologías, pero tiene muy claro que Dios no hace caso de los pecadores, pero escucha y atiende a las personas piadosas, que hacen el que Él, Dios, quiere.
Hasta ahora los sabios y los santos han llegado a una conclusión: No puede ser el mesías un pecador que no respeta el día de reposo, el sábado. El exciego mantiene la suya: El hombre llamado Jesús, que me ha abierto los ojos, es un profeta, que viene de parte de Dios, es piadoso y fiel a lo que Dios quiere. Cómo que se empecina a ser fiel a su conciencia y confiesa a Jesús como Mesías, es echado de la sinagoga, y queda hundido en la miseria, sin medios de vida y sin vida social. Pero él no se rinde. Cada confesión en defensa de Jesús lo deja más solo: los vecinos no saben nada, los padres se desentienden, los sabios y santos lo echan de la comunidad, porque hundido en el pecado, todavía tiene la osadía de dar lecciones a los sabios...
Cuando se encuentra abandonado de todo el mundo, y solo con su conciencia, Jesús le sale al encuentro. ¿Crees en el Hijo del hombre, el que viene del cielo para reunir a hombres y mujeres y elevarlos a participar de la misma vida de Dios?
- ¿Quién es, para que pueda creer en él?
- Lo has visto y lo tienes delante hablando contigo.
- Creo, Señor.
Aquí culmina el proceso de la fe del creyente. El camino ha sido largo, pero ha valido la pena. Este es también nuestro camino: vamos conociendo a Jesús poco a poco: cuanto más lo conocemos, más lo amamos y más lo confesamos, aun cuando nos suponga la pérdida de amistades y la ruptura no deseada con personas santas y sabias que afirman que Jesús no es el que dicen que es. No lo sé. Yo sólo sé una cosa: antes no veía y ahora veo claro. Creo, Señor Jesús.
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Hermanos, en otro tiempo erais tinieblas. Ahora que estáis en el Señor, sois luz. Vivid en la luz que se manifiesta en bondad, justicia y verdad. |