Hoy la samaritana nos llevará hasta Jesús después que se ha encontrado con él. Es una mujer evangelizada y que por esto puede evangelizar.
Tiene una pega: es mujer y es samaritana. Como mujer de casa, está sedienta de agua: está cansada de ir y venir con la jarra a la cabeza después de sacar agua del pozo de Jacob. Como samaritana, es mal vista por los judíos, pero profundamente orgullosa de ser lo que es. No sale de su asombro cuando aquel rabí judío, le pide agua... Y además, él que ni pozal tiene para sacar agua del pozo, le ofrece una agua que mana hasta la vida eterna. Esta agua sí que le satisfaría su sed y no tendría que ir y venir, con la jarra a la cabeza, del pueblo al pozo y del pozo a casa. Dámela, esta agua viva que tú dices. ¿Eres mayor que nuestro padre Jacob?
Es una mujer sedienta de amor. Su sed de amor la ha arrastrado a aventuras de todo tipo. Ahora, cuando parecía que había encontrado el marido ideal, después de cinco intentos, resulta que este hombre no es su marido. Ha intentado satisfacer su afán de amar y ser amada yendo detrás de unos ídolos, de unas falsas imágenes de Dios, incapaces de llenar el corazón. Mientras no solucione este problema, la samaritana no puede tener acceso al agua que el rabí de Nazaret le prometía. Jesús no hurga en la llaga de la mujer. Ella misma reconocerá la verdad y la verdad la hará libre para continuar haciendo su camino.
Está sedienta de conocimiento. Quiere saber el qué y el por qué de muchas cosas. Ve que Jesús es más que Jacob y que es un profeta. Él le podrá aclarar un punto muy importante para los samaritanos. ¿Dónde hay que adorar a Dios? ¿En la Jerusalén de los judíos o en el monte Garizín de los samaritanos? Jesús le dice que por ahora, los judíos tienen razón. Pero a partir de ahora mismo, Dios no se deja encerrar en ningún templo. Porque Dios es espíritu. Y para rendir a Dios un culto digno de él, hay que renacer del agua y del Espíritu Santo: con este nuevo nacimiento, todos los hijos de Dios rendirán culto a Dios donde quiera que se encuentren. El templo de Dios son ellos mismos cuando se reúnen en nombre de Dios. Nunca más se podrá enfrentar Jerusalén a Garizín, ni el Vaticano a la Meca, ni la Seu vella a la Seu Nova, ni la parroquia de Balàfia a cualquier otra parroquia. Dios es Padre de todos y a todos nos ama como a hijos. Sólo es amado y honrado cuando rezamos y vivimos el Padre nuestro como hijos y hermanos.
La Samaritana deja su jarra y proclama a los cuatro vientos que se ha encontrado con un hombre excepcional. ¿Será él el Mesías? Deja colgada en el aire la pregunta. La gente al oírla, sale del pueblo, abandona su pasado, y corre hacia Jesús: inicia un camino de fe. “Ya no nos hace falta tu testimonio, mujer samaritana. Ya no creemos por lo que tú nos decías; nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que éste es de verdad el Salvador del mundo.»
Cuando las personas encuentran a Jesús, que es mayor que Jacob, que es dador del agua viva que es Espíritu Santo; que es profeta y es el Mesías, la samaritana se retira. Ha cumplido su misión. Pero cada año, en cuaresma, se asoma a nuestra asamblea de cristianos y nos invita a recorrer su mismo camino. Su sed de agua, de amor y de conocimiento la han llevado hasta Jesús. Sólo Jesús puede satisfacer nuestra sed de amar y de ser amados, nuestro profundo deseo de vivir como hijos de Dios.
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Dios, dándonos el Espíritu Santo, ha derramado en nuestros corazones su amor. |