Hoy podríamos oír la misma invitación del Señor a Abram: sal de tu país y echa a andar. Ya te diré hacia dónde. Abram era muy mayor y ya estaba más o menos bien donde estaba. ¡Qué ganas de emprender una aventura a esta edad! Ya estamos bien donde estamos. Hagamos tres tiendas... Pero no, hay que andar. La Eucaristía es como la montaña del Tabor en donde nos encontramos con Jesús y examinamos con Él el camino que hemos recorrido y el que nos queda todavía.
Sí, Jesús nos invita al Tabor con Él. Jesús se encuentra a mitad de un largo camino, de la subida de Galilea hacia Jerusalén. Desde el bautismo del Jordán y las tentaciones del desierto ha andado mucho. Necesita pararse y hacer con el Padre del cielo un poco de balance de lo que ha hecho hasta ahora y fijar la hoja de ruta para el tramo de vida que le queda.
Y ora. En esta actitud de oración, la fuerza de Dios que lleva dentro le sale a la cara y vuelve resplandeciente toda su figura. Lo acompañan Moisés y Elías y conversan animadamente con él. San Lucas nos dice que conversaban sobre el Éxodo, sobre la salida de este mundo hacia el Padre con una parada solemne en el calvario. Moisés y Elías le iluminan i alientan.
Pedro no entendía el sentido de todo aquello, pero se sentía tan bien, que quería alargar la felicidad de aquel encuentro. ¡Qué bien estamos aquí! Este rato de gozo inexpresable es un momento solamente, es como el aire fresco que reanima y estimula a continuar el camino.
De repente, una nube luminosa, signo visible de la presencia de Dios, los envuelve: Jesús y Pedro, Santiago y Juan, correrán la misma suerte.
Y oyen la voz del Padre: ¡Este es mi Hijo, muy amado, estoy muy contento de Él! ¡Escuchadlo!
Los discípulos se asustaron muchísimo. Es mi Hijo: escuchadlo. Sí, Pedro, escúchalo ahora que habla del éxodo que afectará al Hijo, y que también os afectará de lleno a vosotros.
Jesús se acerca a ellos y los toca y les habla. Acercarse, tocar, conversar: con estas acciones sanadoras les hace sentir su proximidad, el calor humano que desprende su presencia.
Y les dice: Ea! a levantarse, que hemos de reemprender la marcha.
La palabra de Dios, representada en Moisés y Elías, nos ha iluminado el camino futuro con la experiencia del pasado. Y la certidumbre de la proximidad del Padre en el Hijo muy amado, nos anima a continuar adelante. Desde ahora, Jesús se convierte en nuestro único compañero de camino. Escuchémoslo en todo momento. Es el Hijo muy amado del Padre, y al mismo tiempo es nuestro hermano y nuestro amigo.
Ojalá que cada Eucaristía dominical sea para nosotros un rato de Tabor compartido con Jesús y todos nuestros hermanos cristianos. Que nos haga sentir el gozo de ser hijos de Dios y nos aliente para continuar nuestro propio camino sin desfallecer. |