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comentario a las lecturas de la misa
domingo de pascua de resurrecciÓn
Cristo ha resucitad. ¡Aleluya!

En la vigilia pascual, veíamos el grupo de mujeres que fueron al sepulcro y no encontraron a Jesús. Fue Jesús quién les salió al encuentro y fue el ángel quien primero les dijo: Buscáis a Jesús. No está, aquí. Ha resucitado. Y ellas fueron a comunicarlo corriendo al grupo de discípulos.

En los relatos de la resurrección, se encuentran ciertas incoherencias y hasta contradicciones, fruto de las diversas emociones que los hechos provocaban en cada uno de los testigos. Pero esto mismo hace más verosímiles los diversos relatos.

Hoy, Pedro, en su visita en la casa del centurión o capitán del ejército romano, les hace una catequesis preciosa, madurada ya en la serenidad y la contención que da la experiencia : Ante todo se refiere a un hecho que todo el mundo conoce, porque todos, quién más quién menos, habían tenido algún contacto con Juan el Bautista que preparaba el camino del que había de venir. “Ya sabéis qué ha ocurrido últimamente por todo el país de los judíos, empezando por la Galilea, después que Juan había predicado a la gente que se hicieran bautizar”. Hablaba de Jesús de Nazaret: pasó haciendo el bien y reestructurando a las personas deshechas por tantas dominaciones o posesiones destructivas y por esto diabólicas: el miedo, el orgullo, la droga, el alcohol, el sexo, el dinero, el consumismo, el qué dirán… Jesús libera, reestructura la persona y crea espacios de libertad. Pero Jesús fue víctima de la envidia, de los malentendidos, del miedo a las fuerzas de ocupación, de la incomprensión de quienes se creían los defensores del verdadero rostro de Dios. Parecía que con esta muerte ignominiosa de Jesús, Dios desautorizaba su actuación. Su mensaje acababa con la muerte. Pero no, Dios lo resucitó, lo sentó consigo en la gloria y le dio todo poder en el cielo y en la tierra. La resurrección liberó a Jesús de las barreras del tiempo y del espacio y así puede estar presente en todo espacio y en todo tiempo.

Jesús resucitado se hizo presente a los suyos y compartió con ellos la misma mesa: en el Cenáculo, en Emaús, junto al lago Genesaret. Compartió con ellos el Pan y la palabra. Y les abrió los ojos para que, a la luz de la Resurrección, comprendieran todo lo que la Biblia decía de Él.  Y les confió un encargo: comunicar a todo el mundo cuán grande es el amor del Padre que en Jesús nos llama, nos ilumina, nos perdona y nos impulsa a conocerlo, amarlo e imitarlo.

No fue un camino fácil. Sus amigos buscaron a Jesús en el sepulcro y no lo encontraron. Fijémonos en María Magdalena. “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Acuden Pedro y Juan y tampoco lo encuentran. Pero ven unos indicios que los llevan a ver algo más allá de las vendas y el sudario de amortajar. Estos fueron para Juan los dos ángeles, los dos mensajeros, que le llevaron a Juan a recordar las Escrituras que decían que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. El acceso a la resurrección no es cosa de sentidos –ver, tocar- sino de fe

No sabemos dónde lo han puesto... Si queremos encontrar a Jesús lo tenemos que buscar allá donde está: en la Palabra, en la Eucaristía, en la Comunidad cristiana, en toda persona que necesita un vaso de agua, una mano bondadosa, una caricia bondadosa, una visita, una compañía. Donde hay una persona necesitada, se esconde Jesús Resucitado. Jesús nos invita a hacer como Él: pasar por el mundo haciendo el bien.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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