Lo pregunté a unos seminaristas entre 12 y 13 años: ¿quién es más importante la Virgen María o el Espíritu Santo? Casi todos contestaron que la Virgen María. Eran el reflejo de la catequesis que recibían. Pero hubo uno que respondió: Siento mucho tenerlo que decir: es el Espíritu Santo. Y otro: Es el Espíritu Santo, pero da la casualidad que como María es Esposa del Espíritu Santo, pueden ser iguales. Sonreí como sonríen ustedes.
Pero esto no es nuevo: san Pablo preguntó a un grupo de creyentes en Éfeso: Recibisteis el Espíritu Santo al creer? – Pero ni siquiera hemos oído decir que haya Espíritu Santo... ¿Qué responderíamos si nos preguntasen lo mismo? Nos costaría responder, como nos costaría si nos preguntasen qué es la luz o el aire o el agua... Vivimos tan impregnados de estos elementos que los sentimos pero no sabríamos cómo definir. En cambio podríamos decir sus efectos.
Lo mismo con el Espíritu Santo. En la primera lectura hemos visto cómo irrumpió en el Cenáculo en forma de viento y de fuego: y aquellos hombres miedosos y desalentados salen al balcón y proclaman las grandezas de Dios en las lenguas propias de cada pueblo.
Cuando rezamos el Credo decimos cosas del Padre y del Hijo... En cambio decimos: Creo en el Espíritu Santo y ponemos punto y seguido- Y luego: la santa madre iglesia... Quizás sería bueno que lo dijéramos así: Creo en el Espíritu Santo que, en la Iglesia, nos hace participar en la Eucaristía -la comunión en las cosas santas-, perdona los pecados en el bautismo, y haciéndonos participar de la resurrección del Hijo nos participa de la vida plena de Dios, la vida de la gloria.
Podríamos añadir muchas cosas más. Disfrutemos de la fiesta de hoy que culmina la cincuentena pascual y disfrutemos con la plena confianza de que «el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre os hará recordar todo lo que os he dicho y os lo dará a entender.»
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El Espíritu, principio vital de la Iglesia
Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una organización más; la autoridad, un poder; la misión propaganda; el culto un arcaísmo; la moral, una cosa de esclavos.
Pero en el Espíritu Santo, el cosmos se ennoblece para la llegada del Reino, Cristo Resucitado se hace presente, el Evangelio se transforma en potencia viva, la Iglesia realiza la comunión trinitaria, la autoridad se hace servicio, la misión es Pentecostés.
Metropolitano Ignatios de Lattaquia |