Leónidas era el padre de Orígenes, un cristiano muy sabio y muy santo a caballo de los siglos II y III. Leónidas era un padre excepcional, cristiano instruido y consciente. Por la noche, antes de acostarse, se acercaba a la cuna del niño, le descubría el pecho y lo besaba, adorando en él a la Santísima Trinidad que tenía su morada en aquel cristiano tan pequeño y tan débil. Creyente y practicante como era, Leónidas había asimilado muy bien la afirmación de Jesús: «El que me ama, escuchará lo que yo le diga. Mi Padre lo amará, vendremos a él y fijaremos en él nuestra morada».
San Pablo preguntaba a sus cristianos: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que habéis recibido del Dios?»
No sé si aquellos cristianos lo sabían o no, pero es muy probable que para muchos cristianos de hoy sea una novedad absoluta. Novedad o no, lo cierto es que Dios nos es más íntimo a nosotros que nosotros mismos.
El joven e inquieto Agustín pasó años buscando a Dios por todas partes: en el cielo, en la tierra, en el mar, en los libros y lecciones de los sabios. Y no daba con él. Hasta que se dio cuenta que no daba con él por una razón muy sencilla: Buscaba fuera al que tenía dentro... Ego foras, Tu intus, escribe en latín. Cuando se dio cuenta cambió del todo su vida.
Como esta verdad no nos resulta fácil de entender, Jesús nos habla hoy del Espíritu Santo Paráclito. «Paráclito» es una palabra griega que significa «una persona llamada junto a nosotros para consolarnos, para iluminar-nos, para defendernos. Es el gran regalo del Padre y de Jesús. Es nuestro maestro interior: nos recordará las palabras de Jesús y nos hará ver su alcance.
Quien comprenda esto, nunca se sentirá solo y abandonado, sino que gozará siempre de la agradable compañía y profunda comunión con Dios.
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No vi el santuario del templo, porque el Señor Dios con el Cordero, es su santuario. La ciudad no necesita que la iluminen el sol o la luna, porque la gloria de Dios la llena de claridad y el Cordero es su luz. |