A veces pensamos que la situación de los apóstoles tras la resurrección fue muy fácil. En realidad no veían las cosas tan claras como nos parece y por esto miraban de ganarse la vida como podían y sabían, que era pescar. Y fue mientras pescaban que Jesús los va a sorprender como los había sorprendido en su primer contacto con ellos.
Me gusta este almuerzo de familia de Jesús resucitado con los apóstoles que volvían a hacer de pescadores. En la paz de una madrugada fresca y apacible y con un delicioso almuerzo de pescado a la brasa, Jesús confía a Pedro que apaciente sus ovejas. Y Pedro ya no querrá demostrar a Jesús que le quiere más que los demás, sino sencillamente que le quiere. La prueba de este amor es que cuide con amor de las personas que Jesús le confía: será un pastor según el corazón del Buen Pastor. Es la misma prueba de amor que podemos ofrecer a Jesús... Amar, cuidar, atender al prójimo: familia, parroquia, barrio etc. etc. Siempre el amor al prójimo es la muestra más palpable de nuestro amor a Dios.
Y este será el testamento de Jesús. En aquel entonces cuando uno quería hacer testamento, podía ir al notario o bien podía repetir tres veces su última voluntad ante testigos y el testamento era válido y firme. Jesús encarga solemnemente a Pedro, delante de testigos, la función que ha de ejercer dentro de la Iglesia. Y es apacentando el rebaño que Pedro mostrará su amor a Jesús.
Pero llegará el día en que ya no podrá hacer nada porque la edad se lo impedirá o porque la mala fe de los verdugos lo llevará a la cruz. No debe preocuparse por esto: cuando Pedro iba de acá para allá, glorificaba a Dios. Pero también glorificará a Dios cuando ya no pueda hacer nada más que ofrecerse a sí mismo porque no tiene nada más a ofrecer, como Jesús en la cruz.
Y en cualquier situación continúa resonando atrayente la invitación de Jesús: «Sígueme». Es una lección para los que ya somos algo mayorcitos. Acostumbrados a hacer y a deshacer, cuando no podemos hacer nada, pensamos que somos nada, somos un estorbo inútil. Pues no. Damos gloria a Dios cuando trabajamos y también se la damos cuando no pudiendo hacer nada más le ofrecemos lo que somos, sabemos y tenemos. Siempre podemos seguir a Jesús.
Pedro nos da todavía otra lección: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»... Cuando el Poder nos obligue o nos impida hacer algo contra conciencia, le podemos decir lo mismo que Pedro. Y si es preciso, atengámonos a las consecuencias, contentos de que Dios nos considere dignos de ser maltratados por el nombre de Jesús. |