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comentario a las lecturas de la misa
domingo Ii de Pascua (c)
Domingo in albis

«No tengas miedo. Yo soy el primero y el último. Soy quien vive: Yo que había muerto, ahora vivo por siempre jamás y tengo las llaves de la muerte y de su reino». Si no hemos de tener miedo de la muerte, ¿de qué vamos a temer? Jesús, el Hombre nuevo, ha desafiado a la muerte y la ha vencido. Tenemos la victoria final asegurada.

Jesús resucitado, apareciéndose a la comunidad de los Apóstoles, nos trae la paz y se comunica con nosotros. Nada ni nadie le puede impedir de comunicarse con los suyos por muy cerradas y atrancadas que estén puertas y ventanas y por muchos años que pasen. Tiene contacto directo e inmediato con los suyos. Jesús rompe las barreras y trancas que le pone nuestro miedo.

Además, Jesús nos confía su misión para que la continuemos nosotros en este mundo. Por esto también nos comunica su Espíritu: Recibid el Espíritu Santo. Y nos reconcilia plenamente con Dios, con los demás y con la creación al perdonarnos el pecado.

Aquel primer domingo de Pascua, Tomás no «estaba en misa» y se quedó sin la experiencia del contacto con Jesús. Cuando vuelve a la comunidad, Jesús se le hace presente y además le otorga el privilegio de pronunciar la profesión de fe más hermosa y completa que jamás se haya pronunciado: ¡¡¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!!! No se puede decir más con menos palabras.

Y hemos de agradecer a Tomás esta confesión. Y también el que pese a sus dudas, de tan seguro que quería estar de los hechos que le explicaban, haya merecido tal encuentro con el Señor. Así podrá comprender y curar nuestras dudas y nuestras vacilaciones ante la fe.

Y también hemos de agradecer a Tomás la bienaventuranza que Jesús Resucitado proclama en favor de quienes creen en Él sin haberlo visto. Como escribía san Pedro: No lo habéis visto nunca, a Jesús, y lo queréis. No lo veis todavía, pero creéis, y por esto, saltáis de alegría, de una alegría inexplicable, impregnada de bienaventuranza celestial, con la seguridad de obtener el objetivo último de vuestra fe: vuestra salvación definitiva.

Es la alegría pascual.

A este domingo, antes lo llamaban «in albis» y de «pasqüetes». «In albis» porque hoy los bautizados durante la vigilia pascual, dejaban el vestido blanco que se pusieron en el bautismo. Y de «pasqüetes» porque hoy la parroquia llevaba la comunión a todos sus enfermos. Unían maravillosamente los dos grandes sacramentos del bautismo y de la Eucaristía.

Mientras mantengamos vivos y operativos estos dos sacramentos, iremos toda la vida revestidos de Cristo.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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