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comentario a las lecturas de la misa
ascensiÓn del seÑor (c)
Ascensión: presencia universal de Jesús

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión, conmemorando que el Señor Jesús, después de haber compartido con sus discípulos días buenos y malos, especialmente el fracaso de la cruz y el gozo de la Resurrección, deja su presencia visible para tener otra presencia invisible mucho más eficaz todavía.

Conviene que yo me vaya, decía Jesús. Y con razón: Jesús de Nazaret estaba limitado al tiempo y al espacio como nosotros. Sólo podía estar presente y vivir donde estaba y vivía. Con la resurrección, Jesús rompe las barreras del tiempo y del espacio y puede hacerse presente a los suyos en todo tiempo y en todo espacio.

Nos hemos de acostumbrar a esta nueva manera de presencia. Los discípulos pudieron gozar de una experiencia especialmente fuerte de la presencia de Jesús: cuarenta días, leemos en los Hechos de los Apóstoles, hasta que a impulsos del Espíritu Santo partieron para la misión.

Hoy disfrutamos de la presencia de Jesús en la comunidad reunida en su Nombre: él está presente ahora y aquí en la celebración eucarística. Nos habla por las lecturas y por boca de los sacerdotes y demás hermanos y hermanas de la comunidad que actualizan el sentido de la Escritura.

Se hace presente especialmente «sensible» en la Eucaristía: con el pan y el vino de este sacramento Jesús se nos comunica personalmente a cada uno de nosotros y con la comunidad.

Se hace presente también en el enfermo y en el inmigrante, en los pequeños y en los desfavorecidos y hace camino con nosotros dondequiera que nos amemos i vivamos como hermanos, como se hizo presente a los dos de Emaús.

Pensemos que el Señor Jesús en su vida mortal fue muy discutido e incomprendido y su camino no fue precisamente sembrado de rosas sin espinas. Mirad: hoy, en esta humilde asamblea, hay más personas reunidas en el nombre del Señor que las se reunían normalmente en torno a Jesús de Nazaret.

El evangelio nos advierte que permanezcamos reunidos hasta que Él nos envíe al Espíritu Santo. Nosotros solos poca cosa podemos hacer. Pero el Espíritu Santo, nuestro maestro interior y nuestro defensor, consejero y consolador, da sentido a nuestra vida y a nuestro esfuerzo.

Hoy empezamos el tiempo de preparación para celebrar la culminación de la Pascua con la venida del Espíritu Santo. Con María, la Madre de Jesús y con los otros apóstoles, dispongámonos con el silencio, con la oración y con la unión fraterna a recibir el soplo del Espíritu que nos libre del miedo y nos empuje a proclamar con alegría la victoria y la compañía del Señor resucitado.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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